Analistas

Virtualidad circunstancial

Los hechos nos llevan a experimentar por necesidad aquello a lo cual nos hemos resistido. Las dificultades para los viajes aéreos que hemos enfrentado en días recientes han materializado la verdad de dicho planteamiento en diferentes ámbitos de nuestra vida cotidiana.

A nivel empresarial, por ejemplo, una de esas experiencias de la cual muchos hemos sido testigos es el rescate de la virtualidad como forma legítima y eficiente de trabajar. Y hablo de rescate porque aquella pasó a un segundo plano en múltiples organizaciones quizás por la fuerza de las costumbres, por la desconfianza en la tecnología, por el temor a adoptarla, o por la falta de conciencia en cuanto al uso de los recursos, en particular el tiempo y el dinero.

Las circunstancias actuales nos han llevado a acoger aún más la virtualidad en distintos ámbitos para mantener la dinámica de nuestro quehacer corporativo, en instancias incluso como las Juntas Directivas que, por la ortodoxia tradicional de algunas, valoran la presencia física en el sitio habitual de encuentro. Y que grata ha sido la experiencia virtual también para los más escépticos.

La virtualidad tiene grandes ventajas para una Junta Directiva, entre otras la posibilidad de empezar a tiempo en ausencia de excusas atribuibles a la logística, la mayor facilidad para coordinar agendas de personas ocupadas, la trascendencia de las limitaciones geográficas, la comodidad para los asistentes por evitarles desplazamientos lo cual se torna en una especie de remuneración emocional, el uso más eficiente del tiempo dada la relevancia de la síntesis y de respetar el uso de la palabra, y la demanda de atención más cercana para seguir el hilo conductor de las conversaciones. Nos damos licencia para distraernos cuando asistimos en persona precisamente porque consideramos que la sola presencia del cuerpo es sinónimo de atención y conexión, premisa a todas luces equivocada. En la virtualidad la premisa es contraria, se presume la falta de atención de los ausentes físicamente, lo cual se vuelve un incentivo para estar más atentos y probar lo contrario. Y además de ahorrar tiempo y dinero, la virtualidad es ambientalmente más amigable.

Por supuesto, la virtualidad está también llena de retos. Quizás entre los mayores se encuentran la cultura de las organizaciones y nuestros hábitos individuales de trabajo. Así mismo, la virtualidad limita la integralidad plena del ritual humano de comunicarse e interactuar, más aún cuando las herramientas tecnológicas disponibles no son apropiadas. Existen ya de hecho capacitaciones especializadas para equipos y personas entorno a las mejores prácticas para dirigir y participar de reuniones virtuales. No es intuitivo y requiere, por lo tanto, de actitud y competencias.

Con todo ello, la relación costo beneficio de la experiencia pareciera ser por ahora positiva según distintas interacciones que he sostenido con algunos amigos de la ortodoxia presencial que se vieron inmersos, muy a su pesar, en este fenómeno de la virtualidad circunstancial. Aceptarla, adoptarla y practicarla son tareas todas que, por estos días, podemos reconsiderar en aquellas organizaciones donde la virtualidad es vista como una excentricidad o apenas como una alternativa marginal al deber ser. En aquellos casos donde la fuerza de los hechos venció la resistencia, quizás la bondad del experimento contribuya a redefinir sus paradigmas.