Analistas

Como vamos, ¿vamos bien?

Con frecuencia se encuentra en Colombia el debate entre los optimistas y los pesimistas. O al menos entre los unos que llaman a otros pesimistas u optimistas. Otros hablan de vaso medio lleno o medio vacío, mientras que aquellos con menos perspectiva del tiempo se dividen entre gobiernistas y oposición. Que todo va pésimo o que por el contrario que todo va divinamente de cara al progreso y una democracia estable.

Tal vez lo que sucede es que los unos y los otros tienen razón y lo que diferencia a un grupo del otro no es otras cosa que su visión de qué constituye ir bien. Podríamos argumentar que la perfecta vara de medición es la felicidad y en la medida en que algunas encuestas internacionales nos muestran como el país mas feliz del mundo, estamos divinamente. Podemos igualmente llenarnos de estadísticas respecto al “progreso”. Cuantos más automóviles tenemos, cuantos más televisores, cuanto más niños van a escuelas y colegios, cuantos pacientes más ha atendido el sistema de salud, etc. Del otro bando estadísticas en mano argumentan que con el crecimiento actual no faltan décadas para llegar a ser un país de ingreso medio, que los niveles de contaminación y deterioro del medio ambiente están llegando a niveles preocupantes, que a pesar de todas las promesas, nuestra infraestructura es una vergüenza, y que a pesar de las mejoras en nuestros índices de criminalidad, siguen muy distantes de la de aquellos países más avanzados.

Si ambos bandos tienen razón lo que habría que preguntarse es ¿qué es lo que consideramos estar bien y cuáles son los fundamentos para una sociedad en camino al bienestar? Creo que la respuesta a este interrogante la podemos encontrar en el arraigo cultural, en la coherencia social, en los valores que mantienen la cohesión social y en general en muchos conceptos que no necesariamente son materiales. Para poner un ejemplo simple: un “traqueto” podrá disfrutar de todas esas maravillosas cosas que da el dinero, inclusive puede tener la “generosidad” de Pablo Escobar, pero este caso lejos de ser una señal de que las cosas van bien, es una alerta de qué tan mal están las cosas.

Reconociendo el progreso material que ha tenido Colombia me situó en el bando de los pesimistas. Pero no porque no tengamos suficiente progreso, sino porque estamos perdidos en los temas de cultura colectiva de coherencia y cohesión social. Estamos montados en una sociedad donde el fin justifica los medios y el dinero garantiza el reconocimiento.

Por eso el Estado y las instituciones, que deberían servir de instrumentos de la convivencia y la cohesión social, son más bien oportunidades personales para escalar en esta falsa pirámide. Senadores corruptos, jueces corruptos y una justicia ineficiente, policías corruptos, financiación ilegal de las campañas, empresarios cartelizados, monopolios en el sistema financiero, oportunismo, condescendencia hacía los crímenes de cuello blanco, permanentes conflictos de intereses entre los que toman las grandes decisiones; en fin, la lista de la descomposición social puede hacerse aún más larga. Ahí es donde debemos reflexionar.

La educación de calidad con enseñanzas claras a las nuevas generaciones sobre lo social y lo público, recomposición de la justicia, devolver a la Policía el sentido cívico y volver a encontrar los héroes de nuestra sociedad entre los profesores, entre los servidores públicos impolutos, entre empresarios y emprendedores con sentido social. No en las páginas de la farándula.