MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
En tiempos donde la palabra “extremo” se usa como un insulto, conviene preguntarse quién definió el centro y con qué autoridad moral. En Colombia, muchos políticos e intelectuales han logrado instalar la idea de que lo único virtuoso es ubicarse en el medio, como si la moderación fuera una forma superior de inteligencia. Ese relato ha convertido la tibieza en un mérito y la convicción en un pecado. Pero lo cierto es que detrás de esa moderación aparente se esconde una forma de dogmatismo: la creencia de que solo ellos piensan con equilibrio, solo ellos tienen derecho a definir qué es razonable.
Esa pretensión de neutralidad es, en el fondo, un relativismo cómodo. Los mismos que repiten que “los extremos se tocan” son quienes imponen sus propios límites del debate. Y lo hacen con una paradoja perfecta: predican la tolerancia, pero la niegan a quien no piense como ellos. En nombre de la moderación, censuran el disenso; en nombre del diálogo, silencian toda idea que no quepa en su manual de corrección política. Para ellos, defender con firmeza una convicción es ser “radical”.
Hay una convicción que merece ser defendida con radicalidad -y si queremos una sociedad próspera, debemos defenderla con radicalidad-: la libertad. La libertad es una forma de vivir, una manera de asumir la vida con responsabilidad y dignidad. Pero para ser libre hay que tener ideas claras, porque sin convicciones la libertad se vuelve un eslogan vacío. Barry Goldwater, aquel senador republicano que se enfrentó al progresismo complaciente de su época, lo dijo con una frase que sigue siendo un desafío moral: “El extremismo en la defensa de la libertad no es un vicio; y la moderación en la búsqueda de la justicia no es una virtud”. Lo que Goldwater recordaba es que la tibieza termina siendo complicidad, que hay momentos en los que no se puede negociar con la mentira ni ofrecer versiones “light” de las creencias equivocadas.
Muchos critican a Petro por su narcisismo, su arrogancia, su nula capacidad de liderazgo, su poca disposición al trabajo, sus discursos largos y vacíos, y su baja capacidad para convertir palabras en realidades. Pero comparten con él la premisa fundamental: que el individuo debe subordinarse al poder político. No entienden que lo peligroso no son sus defectos personales, sino sus ideas. No es su forma lo que amenaza la democracia, sino el fondo que la sostiene: esa falacia de la llamada “justicia social”, que parte del error moral de confundir diferencia con injusticia. La verdadera injusticia no es que las personas sean distintas, sino que el Estado pretenda igualarlas por la fuerza. Esa obsesión por uniformar lo diverso termina siendo la negación misma de la libertad: un proyecto que sacrifica el mérito, la responsabilidad y la diferencia en nombre de una igualdad que, lejos de ser justa, es profundamente injusta. Frente a eso, la única respuesta es la radicalidad moral de defender los principios.
Ser radical en la defensa de la libertad no significa ser fanático, sino entender que hay valores que no admiten términos medios. El liberalismo no puede ser equidistante entre la libertad y el poder. La moderación, cuando se vuelve una forma de renuncia, deja de ser virtud. Lo que necesita Colombia no es más centro, sino más convicción. Porque la libertad no se protege con medias tintas ni con discursos tibios. En eso, y solo en eso, vale la pena ser radicales.
Hoy la situación es igual, pero además prioritaria, urgente y necesaria para la estabilidad de EE.UU. que es la del mundo mismo. Esto lo tiene claro Trump, sabe que Putin merodea hace rato esta basta región del Ártico
El presidente Petro se reunirá en los próximos días con el presidente Trump en un encuentro que tan solo hace días parecía imposible (...) Es interesante esta situación ya que se reúnen a hablar de petróleo y gas dos mandatarios que han sido polos opuestos en esta materia
Hay muchos candidatos competentes, comprometidos y conscientes del rol crítico de un congresista en una democracia efectiva, y también hay bastantes personas que no tienen la experiencia ni la motivación adecuada para cumplir a cabalidad un rol tan honorable