Analistas

Vocabularios socioecológicos

En la medida que entendemos que todos los fenómenos productivos y reproductivos de la sociedad tienen su origen dentro de un territorio y en un contexto ecosistémico, por lejano que parezca, se hace necesario resignificar las categorías de análisis con las que se aborda la realidad y se construyen políticas y planes. En parte eso es lo que buscan las “Estrategias y planes nacionales de biodiversidad” que todos los países se han comprometido a construir y desarrollar a partir de lo firmado hace más de 20 años en Río de Janeiro y el pasado en la Asamblea de la ONU, con los ODS. 

Colombia presentó hace pocos días su propuesta específica de Plan de Acción de Biodiversidad en el contexto preparatorio de Fima, ratificando frente a más de 3.000 invitados de la “Red de jóvenes de ambiente” la voluntad de construir sostenibilidad a partir de una gestión moderna y eficaz de la inmensa variabilidad de formas y procesos vitales que tiene el territorio nacional. Este plan convoca ante todo la solidaridad y los compromisos intersectoriales, pues es en el ámbito de las políticas y acciones agropecuarias, mineras, de infraestructura o comercio en donde se pondrá en juego la capacidad adaptativa del país: la política ambiental por sí sola, explícita o implícita, no tiene otro marco de aplicación que las actividades cotidianas, más o menos reguladas, de las empresas, las comunidades y organizaciones de la sociedad civil, los gremios y las instituciones públicas que transforman el territorio y con él, las mismas relaciones sociales y ecológicas. Es en ese sentido que la aplicación del plan, prevista con diferentes plazos, requiere de un esfuerzo importante de innovación en el lenguaje para que su uso posterior en normas y decisiones corresponda de manera más adecuada a la complejidad de la realidad, en vez de simplificarla, como sucede ahora.

El ejemplo más sencillo es el del desarrollo agropecuario. Siglos de tradición nos han enseñado que la agricultura es la actividad central para la producción de alimentos y materias primas a partir del manejo de especies domesticadas y su labranza, manejando la fertilidad y disponibilidad de agua en el suelo. Sin embargo, esa noción es completamente insuficiente si queremos hablar de agricultura sostenible, es decir, de aquella que se basa en sistemas de producción que buscan la perdurabilidad de su actividad en esquemas de equidad social y persistencia de la calidad ambiental. Antaño se adjetivó la agricultura como “tropical”, una forma de reconocer las particularidades ambientales de la región ecuatorial y más recientemente pasamos a la “agroecología” para incorporar en ella los principales procesos funcionales del ecosistema. Pese a esos avances, los productores rurales, salvo los pueblos indígenas o más tradicionales, aún no reconocen que su papel principal en el contexto contemporáneo de crisis climática y de biodiversidad no es la producción de comida o materia prima, sino la gestión sostenible de los paisajes rurales, el eje de la nueva fase del desarrollo integral del campo que se avizora.

Llevamos años precisando la definición de “páramo” pero hasta ahora no revisamos las cualidades socioecológicas que permiten su existencia y funcionamiento hoy día. Cuando un habitante de la alta montaña pregunta “¿…si de las 100 hectáreas que heredé de mis abuelos decido proteger y restaurar 90, pero intervengo y transformo sustancialmente las otras 10 para producir papa, carne, leche y lana, qué vengo siendo?”