lunes, 3 de febrero de 2020

Más columnas de este autor Brigitte Baptiste

En la reciente Feria de las Malocas, en Villavicencio, una de las más importantes del sector agropecuario, se presentaron y debatieron aspectos del emprendimiento regional que vale la pena destacar. Lo que llamamos con orgullo “el llano” es aún una frontera de innovación y transformación social y ecosistémica de al menos dos grandes tipos de sabana (altillanura e inundable) y de las selvas propias del escudo de Guyana, donde es propicia una lectura continuada y robusta de la evolución de sus condiciones ambientales con miras a construir territorios cada vez más sostenibles.

El primer aspecto práctico a considerar es la necesidad de reconocer la existencia, como en todas partes del Planeta, de una prosperidad que ha sido construida sin considerar o compensar proporcionalmente los pasivos ecológicos que se acumulan y generan intereses negativos o descuentos importantes al bienestar, expresados en el incremento del tamaño y frecuencia de eventos climáticos o biológicos extremos. Por ello, la progresiva alteración de la regularidad de los patrones funcionales de los ecosistemas nos debe impulsar a emprender un ejercicio de restauración masiva de las laderas de la cordillera (proveedoras por gravedad del funcionamiento de los grandes ríos de la región), en conjunto con el ajuste de los procesos de transformación de los demás ecosistemas.

En ese sentido, el reto sería garantizar áreas de respaldo ecosistémico silvestre mínimas, entre 30% y 50% del total, adecuadamente distribuidas en el espacio, como recomienda gran parte de la comunidad científica internacional. Hay que reconocer, sin embargo, que para muchos propietarios o comunidades es imposible contribuir físicamente con esta meta.

La sostenibilidad, que requiere un manejo extremadamente cauteloso de los bosques de galería, los esteros, los morichales y todos los remanentes de selva, afecta el flujo de caja de cualquier actividad, ya que la captura y compensación de los servicios ecosistémicos presentes en todas las cadenas de producción es incipiente. Al no haber equidad en la provisión y distribución de estos aportes, se convierten en un factor de competencia negativa que obliga a profundizar la transformación ecológica hasta el punto de hacerla completamente insostenible.

La prueba: algunos modelos de producción arrocera o ganadera que hace rato son inviables, de no ser por la abundancia de subsidios directos e indirectos. La alternativa: un modelo de gestión que reconozca las diferencias en biocapacidad que posee cada predio, incluidos roles como captura de carbono, el mantenimiento de hábitats íntegros y de fauna edáfica sana, de flujos de polinización o del control de poblaciones de insectos, todo dentro de una economía de la biocapacidad.

Trazabilidad, transparencia, planeación y responsabilidad compartida a escala de paisaje son probablemente los elementos centrales de todos los emprendimientos en el llano que ya sienten los embates del cambio ambiental, que esperemos nunca se exprese como sucede ahora mismo en Australia.

El sello de la sostenibilidad será el que genere el factor diferencial en las economías del siglo 21: quienes no sean capaces de incorporar este criterio en sus actividades productivas irán siendo paulatinamente excluidos de los mercados y mirados cada vez con mayor desconfianza por una sociedad que reclama acciones concretas, con o sin ilustración adecuada. Pero ese es otro problema.