Analistas

El lugar de la biodiversidad en la paz

 

Al ver marchar miles de personas reclamando por la paz, surge la imagen de un caleidoscopio de actores, variopintos en sí mismos, con cánticos diversos, lemas, pancartas, expresiones artísticas, frecuentemente representando agendas en conflicto, más o menos radicales, ingenuas, dogmáticas. Esas son las cualidades de la variabilidad social, sistémicamente equivalentes a las de la variabilidad biológica del territorio, y base fundamental de los procesos de auto organización que resultan en estructuras robustas de funcionamiento. La diversidad es incómoda, porque parece caótica, incontrolable, como las masas que vociferan en la plaza, cada una tratando de imponerse a la otra.
 
En las selvas neotropicales, sólo el jaguar se impone, y de manera equivalente entre los humanos, el chamán. Pero ninguno de los dos aspira o intenta controlar esa biodiversidad: sería su perdición. Un sistema simplificado para conveniencia de un regulador central, colapsa rápidamente por la pérdida de capacidad adaptativa, de flexibilidad. Las tiranías no son sostenibles, ni convenientes (temporalmente al tirano no más) y esas reflexiones acerca del funcionamiento de los complejos sistemas ecológicos colombianos tienen mucho que ver con los modelos institucionales que deberíamos pensar para gobernar gentes y bestias, aun contando dobles militancias…
 
Las múltiples manifestaciones de la semana pasada y el conflicto armado giran también alrededor del manejo de recursos del país, cada vez identificados con mayor claridad en el territorio, con lo cual entendemos la lucha por la propiedad de la tierra. Pese a lo medieval del momento histórico, lo cierto es que el agua, el petróleo, los agro combustibles, el oro y el carbón, la hidroelectricidad o el espacio físico para construir infraestructura, aún son los motores del conflicto, y la falla en construir una nación viable está en la base de su gobernanza. Pero subyacente a ello están las dinámicas sociales entrelazadas con las biológicas, lo cual, sin caer en determinismos simplificadores, obliga a construir un modelo de país más realista, menos colonial y más propio, donde Corpoica, por citar un solo ejemplo, fundamente la innovación en la biodiversidad y no en repetir o copiar las agendas del cerrado brasilero, por más que “se parezca” a la altillanura. Aprender a habitar el territorio, donde son, en especial, las dinámicas vivas las que definen sus capacidades productivas más sostenibles: Ceniflor.
 
La paz colombiana será única, como únicas sus gentes, su contexto. Y la biodiversidad del país de la megadiversidad global no es un asunto trivial, un adorno, un exceso, como parecen pensar algunos: es el fundamento para entender y construir la viabilidad de un modelo de convivencia. Ponerle ecología a la paz.