Analistas

Ecología gagá

Vicente Macuritofe murió hace poco en medio de las selvas del Caquetá, su hogar y hábitat tradicional. Abuelo centenario, colaboró por años como muchos sabios indígenas, con estudiantes y doctores que desde la academia aprendieron de él, en la noche, acerca de las plantas y sus dueños. De hecho, estas palabras constituyen el título de un libro hermoso y perdido con coautoría de C. Garzón (1989, UN), en donde la experiencia milenaria del pueblo murui se expresa ante todo como conocimiento ecológico y a la vez, sagrado: fundamento de la supervivencia humana en la selva, que también contiene y estructura el sentido de la existencia.

Como principio de la colaboración a menudo larga y silenciosa entre mayores indígenas y científicos occidentales, el respeto mutuo al que se llega con la humildad de quien conoce los límites de su pensamiento en el tiempo y el espacio, que poco florece entre jóvenes o funcionarios, impacientes en su intento de reducir todo a una ecuación, a una clave, sin haber experimentado la plenitud de las escalas. Porque la ecología, pariente de la geografía y la historia, piensa en decenas de años y de hectáreas; al menos en tres generaciones. Nada se entiende con un sobrevuelo, un testimonio aislado, una experiencia única. Más sabe el ecólogo por viejo que por diablo…

En estos tiempos de debates ambientales álgidos, donde se equipara cultivar, pescar o hacer casa con asesinar y se considera que cortar un árbol es “talar”, se requiere del pensamiento ancestral, griego o yucuna, para recuperar el sentido de las proporciones. Y está bien que construir y poner en funcionamiento un lago artificial que incide en la cantidad de agua disponible, la pesca, la acuicultura, la generación de energía y la navegabilidad en un gran río se torne un asunto de alta política e intervención en las cortes, pero antes de llegar a ellas deberíamos acudir con más serenidad al sentido que las ciencias de la sostenibilidad buscan darle a las transformaciones persistentes del entorno: nuestro contexto de planificación debería ser capaz de operar al ritmo de los ciclos ambientales, ahora anómalos por la aceleración que viene de maximizar el retorno de las inversiones en el plazo más corto, la enfermedad económica que nos deja sin futuro. Y si cuestionamos el aparente cortoplacismo del indígena que satisface el hambre día a día, debemos entender que disfruta la confianza colectiva en el funcionamiento espontáneo y persistente de ecosistemas capaces de proveer y absorber el impacto de sus actividades, liberándolos del tiempo como carga, el deber del Estado…

Coincide el budismo zen en esta perspectiva, a la cual se llega tras muchas subidas y bajadas del río, cosechas prósperas o no, selva talada y regenerada. Pero la ecología no es una ciencia en la cual el país quiera confiar, se fomenta poco, se identifica por conveniencia con la algarabía del activismo y se desecha por recomendar la prudencia y precaución. A nuestros mayores los retiramos a la fuerza, cuando más los necesitamos, o los llamamos “viejitos gagá” si participan del debate nacional.

María Giagrekudo, indígena de La Chorrera, se graduó con su tesis del “árbol de la abundancia” (U Distrital, 2013), basada en el conocimiento ancestral de su gente, colombianos que llevan apellidos como Zafiama, Manaideke o Manaidego: ecología propia para recuperar la confianza en el funcionamiento del mundo. Un guiño vital a Gloria Galeano y otros sabedores que discurren entre muchas selvas, para bien de todos.