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Analistas 01/03/2014

Disoñadores

Brigitte Baptiste
Rectora de la Universidad Ean
La República Más
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Como resultado de este proceso, decenas de fincas se autodeclararon “reservas de la sociedad civil”, y los niños, “herederos del planeta”. Hoy los herederos tienen herederos…y fincas. La mismas fincas pequeñitas llenas de biodiversidad que acogen centenares de turistas interesados por el “bienvivir” de la gente, por compartir un rato de paz en uno de los paisajes más hermosos y acogedores del país. Una estructura de trabajo en minga, un mensaje de convivencia entre la gente y con la naturaleza lo hizo todo posible, a pesar de que grupos armados buscaron impedirlo y causaron daño y dolor profundo a la comunidad en algún momento de su historia. Octavio Duque, uno de sus padrinos, lo sufrió, otros cayeron. Pero hoy ese proceso de paz se replica por todo Nariño, un ejemplo de resiliencia y tesón…

La historia de estas personas va más allá, sin embargo: su filosofía, basada en la más sencilla de las premisas, producir comida limpia y variada para sus familias y visitantes, respetar el bosque y disfrutar el paisaje compartido, llevó a cientos de personas a visitarles y a hacer encuentros de conversadores que se fueron formalizando poco a poco y acabaron incluyendo académicos como Manfred Max Neef, premio Nobel alternativo de economía, así como gente que quería encontrar ejemplos prácticos de vida que demostraran que la idea de sostenibilidad tenía validez. León Octavio, un viajero ubicuo que también estuvo por allá, calificó a todas estas personas como “disoñadoras” y lleva toda una vida promoviendo el “diseño y puesta en marcha de los sueños”, entonces desde “Villamaga”, y ahora con “Campo y Sabor” cantándole a la arracacha y el chachafruto por todo el país.

Los “disoñadores” han dispersado su semilla por el mundo, como buenos campesinos, y esta ha llegado a lo más profundo de las ciudades, donde se diría que “no pega”. Pero como en toda ciudad hay rendijas en el cemento, si pegó, y hoy hay disoñadores de todo tipo andando por ahí, viviendo tranquilos y contentos, haciendo de la maravillosa diversidad de comidas nativas un poema, disfrutando con sencillez los placeres de la vida, pues ser campesino es para ellos un modo de pensar y un requisito para poner en su lugar las nuevas tecnologías, el afán de la vida urbana, las locomotoras del desarrollo y el sentido mismo de la existencia: ¡insisten en considerar que lo fundamental es vivir “como si la gente importara”!

En un par de semanas se vuelven a reunir los disoñadores, esta vez en Villa de Leyva, ávidos de conversaciones sin powerpoint, dispuestos como siempre a combinar historias con la buena política, y un cocido boyacense con la búsqueda de señales de convivencia en un país que no ha logrado entender que la vida moderna y el progreso no pasan por erradicar el campo. A disoñar otra Colombia, es la consigna.

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