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Analistas 18/08/2021

Criminalidad climática

Brigitte Baptiste
Rectora de la Universidad Ean

Encajo el golpe que me llega por redes sociales acusándome de criminal por razones de mi “complicidad” con las actividades petroleras y minero energéticas, causantes de la debacle climática global (que no la colombiana, de origen agrario), especialmente visible en estos días del 6to informe del IPCC. En general, hay una crítica a mi convicción de que no hay que acabar con el empresariado y el mercado, sino transformarlos, algo que ciertas corrientes de pensamiento no aceptan, bajo la perspectiva de que el modelo es incapaz de evolucionar y transformarse, por lo cual debe sustituirse. El problema es que aún no hay ninguna sociedad sostenible en el mundo, por dos motivos: el primero, que los modelos locales están inevitablemente inmersos en una globalidad conflictiva y aunque pretendan aislarse para “salvarse” no hay cómo, estamos conectados de mil maneras: incluso la paradisiaca Corea del Norte sobrevive del subsidio de sus vecinos y el hermoso reino de Bután, de la felicidad del turismo de felicidad, como Costa Rica. El segundo, que es el cambio de matriz energética el que definirá la transición, ojalá pacífica, al futuro, y que para ello hay que hacer inversiones gigantescas.

Criticar los incendios en Argelia, terribles, pero ignorar los griegos o los de California, porque esos tal vez son “castigo merecido”, o excusar la destrucción de ríos y humedales por la minería mafiosa o el narco, asimilándolos en el silencio conveniente a acciones reivindicativas, hace parte del doble rasero y del famoso sesgo de confirmación: yo estoy en lo correcto desde mi sillón en casa, porque mi ideario ha sido cuidadosamente construido en la lucha política de mi mente y las conversaciones privilegiadas con quienes siempre han estado de acuerdo conmigo.

Duelen las imágenes de los derrames petroleros y es obvio que después de 100 años de quemar hidrocarburos y 5.000 de carbón y leña estamos obligados a dejar de hacerlo, lo antes posible. Pero el cómo es la clave, y está lleno de esos detalles donde el diablo opera y construye avenidas de buenas intenciones: si se detiene en seco la economía petrolera, sobran instantáneamente miles de millones de humanos . ¿Todos criminales o al menos cómplices, imagino, porque han construido modos de vida dependientes del petróleo sin saberlo, engañados? La civilización bioecológica es la meta, podríamos concordar, pero no parece que seamos muy conscientes que requerirá una revolución tecnológica imposible de lograr sin recursos, de toda clase. La ecología post-apocalítica puede que sea más parecida a lo malo de la edad media (porque hay componentes muy positivos en la idea de los multiversos), que a un nuevo modelo de glocalidad que está en pañales y donde la responsabilidad de quienes piensan la transición es hacerla lo menos dolorosa posible y prever un nuevo estado de cosas donde no haya que matar el pollito sano para darle de comer al pollito enfermo: necesitamos transfusiones.

La sostenibilidad hay que construirla colectivamente y en la diversidad, incluso con ingenuidad, para hablar con la transparencia requerida acerca de minerías, industrias, instituciones o seguridad, sin asimilar el diálogo a una agenda cínica, como los iluminados pretenden hacer creer. Requerirá mucha humildad, compasión, ojalá serenidad y capacidad de llegar a acuerdos, lo que siempre implica negociar, algo que para ciertos ambientalismos no parece lícito y que puede conllevar costos ambientales que si se ignoran también pueden ser criminales.