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Ayuno y abstinencia

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La Semana Santa católica constituye uno de los momentos nucleares de la ritualidad con que se conmemora la pasión de Jesús. Exige una preparacion personal particular basada en una reflexión íntima acerca del significado de la vida y de la muerte, para lo cual pide a sus fieles abstenerse del consumo de carne y ayunar como mecanismo promotor de esa reflexión, fundamental en una perspectiva de trascendencia y continuidad de la vida. El pueblo U´wa, en la frontera selvática que va del llano al páramo en la Sierra Nevada del Cocuy, peregrina anualmente a través de la verticalidad de su territorio escapado de tal manera que los lleva, en un ciclo anual, a un mes de ayunos y reflexiones acerca de su condición humana, en medio del páramo, austero y duro. Es su forma de conectar, a través de un ejercicio ecológico ritual en las lagunas sagradas, con el resto del cosmos. Los pueblos musulmanes tienen su ramadán, el budismo, el precepto de la compasión y desprendimiento, que se traducen en restriciones voluntarias al consumo.

Epicuro recomendaba vivir para el placer, lo que implicaba como modo de vida no el desbordado sometimiento al libertinaje como se malinterpreta, sino la postergación o prolongación indefinida del deseo. Es decir, planteaba la felicidad como ese estado permanente de austeridad precedente al goce, que ansía y disfruta el tiempo en que lo prefigura, más no privilegia el acto en si mismo, señal del fin, de la muerte. Un planteamiento profundamente erótico, en el cual el deseo es el motor de la vida, expresión de afecto pasional y búsqueda de conexión entre los seres, donde está proscrita o al menos indefinidamente postergada su satisfacción. En el medioevo ese evidente vínculo entre deseo y continuidad de la vida condujo a la condena de la sabiduría femenina y a la quema de mujeres, pues la promesa del goce sexual sujeta al criterio de su intelectualidad era, como hoy,  demasiado para las estructuras del poder patriarcal.
 
El ecofeministmo aportó a la ecología, como disciplina, el reconocimiento de ese erotismo que subyace a las relaciones entre seres vivos, y al deseo que guía la interacción física entre los organismos, incluso más allá de los géneros y la identidad de las especies: aquello que llamamos el “llamado de la naturaleza” no es sino la suma de sabores, olores, colores y señales infinitas que advierten la clase de riesgos (gozosos o dolorosos) en que se incurriría. Todo este sistema complejo de relaciones se traduce en interacciones económicas, donde el deseo se interpreta y usa como motor de la historia y cada vez se emplea más cínicamente como combustible de comportamientos y control de la evolución social: las promesas y los símbolos del placer se construyen y amplifican por la publicidad,  para mover el mercado, el consumo y, a larga, definen los estándares de bienestar a los que aspira la sociedad; trabajadas por la propaganda y su carácter intrínsecamente comunicativo, se transforman en cualquier cosa, incluidos mensajes de destrucción a los que no podemos resistirnos. La tentación de atiborrarnos de gaseosas y comida chatarra, que nos conduce a la obesidad mórbida…
 
Para Howard Odum, ingeniero devenido ecólogo en la década de los 70, el único pecado de la humanidad es “derrochar energía potencial”, significando con ello el peligro de la aceleración de los patrones de consumo de las sociedades, a costa de la estabilidad de los sistemas. Lo contrario a lo que hace nuestra civilización, cuya dinámica depende del incremento en la satisfacción de los deseos mediante el incentivo a consumir en el presente, incluso la energía del futuro: la máquina del tiempo difiere la entropía hacia nuestros nietos y confía en que ellos se las arreglarán de alguna manera para hacer lo propio. Una valla publicitaria,  sin menor empacho, recomendaba hace unos años en la carrera séptima de Bogotá: “Viaje ahora, si no, sus nietos lo harán por usted”
 
La consumación de los deseos equivale al infierno: la dilusión de la energía potencial nos lleva al punto en que el universo se detiene, donde la creación divina se hace inerte, no prosigue. El problema no es pues, la tentación y sus mil devenires de placeres promisorios, sino su satisfacción, insostenible. La reflexión ambiental nos recomienda, al igual que casi todas las escuelas de pensamiento de la antigüedad, místicas o no, ayuno y abstinencia. 
 
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