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Hay un cuento andando por ahí entre los mismos intelectuales de siempre, como Fareed Zakaria, Ian Bremmer, Thomas Friedman, entre otros, que dice que estamos en una era de conflicto entre el mundo liberal y el iliberal, entre las fuerzas que defienden el orden internacional basado en la democracia, el libre mercado y el Estado de derecho, y aquellas que promueven el nacionalismo, el autoritarismo y la soberanía de los países por encima de las instituciones globales. Según esta narrativa, el siglo XXI sería el escenario de una lucha ideológica global entre quienes creen en la apertura, la cooperación y las instituciones liberales, y quienes apuestan por el cierre, la desconfianza y el poder concentrado.
Como muchas cosas que últimamente se dicen en ese universo académico-ONG-think tank-medios de comunicación-burocracia, que ha tomado tanta fuerza en las últimas décadas, me suena más a slogan que a un esfuerzo real por entender la realidad. Me confirma, una vez más, que en Occidente hemos reemplazado la razón y el argumento por los slogans y el “wellness” intelectual: frases que nos hacen sentir bien, pero que no dicen nada. Peor aún, sirven para encasillar a todos aquellos que no piensan igual bajo la etiqueta de “iliberales”.
El conflicto real es entre pesimistas y optimistas, entre los “Malthusianos” y los “Popperianos”. En un equipo está Thomas Malthus, economista británico del siglo XVIII que se hizo famoso por predecir que la población crecería más rápido que los recursos, condenando a la humanidad a la escasez y al colapso. Malthus es como el amigo negativo que siempre anda con un cuento, una tragedia, un problema y con cara de pánico.
En el equipo malthusiano juegan los marxistas, con su vieja teoría del colapso inevitable del capitalismo, pero también los profetas del catastrofismo ecológico, con su cuento de que todos vamos a morir por el cambio climático. Son los abanderados del Net Zero, del Degrowth y de esa brillante idea de limitar la explotación de los recursos naturales, aunque eso signifique condenar a millones a la pobreza. Eso sí -a la pobreza de los otros, porque ellos ya tienen asegurada su existencia con sus sueldos en las ONG, sus cátedras universitarias y sus cómodas posiciones en la burocracia internacional.
En ese equipo están también los filósofos posmodernos, con su teoría del colapso de la verdad absoluta y con su cuento de que todo es relato, interpretación y poder. Son los que, terminaron dinamitando cualquier noción de progreso o de razón universal. Y detrás de ellos vienen sus herederos -los “wokeístas”-, esos hijos bobos del posmodernismo que reducen toda la realidad a una eterna lucha de opresores y oprimidos, ya sea por raza, género o cualquier otra etiqueta de moda. Han reemplazado la búsqueda de la verdad por la búsqueda de ofensas, y el pensamiento crítico por una especie de catecismo moral donde lo importante no es comprender el mundo, sino señalar culpables y sentirse virtuoso.
En el otro equipo, en el mío, estamos los “Popperianos”. Los que todavía creemos que los problemas están para resolverse, no para discutirlos eternamente en un panel. Karl Popper, el filósofo que defendía la razón, el pensamiento crítico y el método científico, era un optimista: pensaba que todos los problemas humanos se pueden resolver si usamos la cabeza. Decía que “toda la vida es resolución de problemas”, y que el progreso no viene de la perfección sino de equivocarse y corregir. Su heredero, David Deutsch uno de los padres de la computación cuántica, sostiene algo parecido: que los problemas son inevitables, pero también lo son las soluciones, siempre que mantengamos la mente abierta. Y que pensar, dudar y volver a intentar sigue siendo la única forma decente de avanzar.
Por eso, en esta pelea entre los “Malthusianos” y los “Popperianos”, lo mejor que puede hacer, querido lector, es venirse con nosotros, con los optimistas. No les haga caso a los analistas ni a los políticos “Malthusianos” que siempre necesitan una crisis -ya sea climática, democrática, de la inteligencia artificial o del tema que esté de moda-es la única forma que tienen de acumular más poder a través de presupuestos, regulaciones, conferencias, comités, organismos multilaterales o incluso una constituyente. No lo olvide: vivir es resolver problemas, y son los “Popperianos”, con sus científicos y emprendedores, quienes terminan solucionándolos.
Y, por último, sonría: al final, todo va a estar bien.
Estamos frente a un mundo que se resquebraja cada día de manera permisiva y vaga
Entregar mayor control económico a un Estado con fuertes debilidades de gestión y con una corrupción creciente implica un riesgo real de que estas políticas fracasen y se pierdan los recursos, afectando a todos los colombianos
Estamos dando vueltas en un remolino sin salida, está todo jugado a una ruleta calibrada para que siempre gane el casino cualquiera sea el número o el color donde pare la pelota, porque la clase tradicional y la emergente que consiente y calla, seguirán gobernando