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Analistas 05/06/2021

Lo que el ojo no ve

Ariel Bacal
Consultor empresarial

Esto de la pandemia y el encierro me ha vuelto más hacendoso. Por lo menos así lo pienso. Lavo la loza, tiendo la cama, recojo la ropa tirada, entre otras cosas. Debo admitir que soy consciente que no soy el Messi de las labores domésticas, pero ahí voy.

El tema es que no encuentro una relación inversa entre mis oficios domésticos y las llamadas de atención de mi esposa. Ella, que es lo mejor que me ha pasado, no regaña sino más bien me llama a la reflexión. Uno pensaría que en un mundo perfecto donde todos pensamos y actuamos como los modelos económicos dicen que deberíamos actuar, entre más labores domésticas uno hace, menos son las llamadas a la reflexión o regaños.

Mi intuición es que lo que estaba pasando es que ella solamente ve el plato sucio, o la ropa tirada. Pero no tiene forma de ver el plato sucio cuando ya está limpio ni la ropa tirada cuando ya está recogida. Por eso no importa si lavé 10 platos. Si quedó uno sin lavar eso es lo único que queda visible. A eso se le llama en economía conductual el “sesgo de supervivencia”. Al tomar decisiones o juzgar el comportamiento, generalmente tomamos como muestra los casos que vemos y nos olvidamos lo importante que es tomar en cuenta lo que no vemos.

¡Eureka! Habiendo entendido el problema decidí implementar una solución sencilla. Después de lavar cada plato pongo una nota que dice “acá había un plato sucio” o “10 vasos sucios fueron lavados”. Me ha puesto hasta poético como cuando dejé la nota “acá yacía mi piyama tirada”.

Durante la Segunda Guerra el matemático Abraham Wald tenía un problema similar. La fuerza aérea americana le pidió que definiera una estrategia para reforzar el blindaje de los aviones de guerra y así evitar que fuesen derribados por los Nazis. Para hacerlo tenía una muestra de las áreas y la frecuencia de donde habían impactado las balas a los aviones que regresaron.

Wald, así dice leyenda, tenía muy claro que solamente estaba viendo los aviones que sobrevivieron, pero le faltaba la muestra de los aviones que no lo hicieron. Por eso, en vez de recomendar que se reforzara donde estaban concentrados los impactos de bala, sugirió lo contrario. Que se reforzara en las zonas que no estaban impactadas, pues era muy probable que los aviones que no regresaron hubiesen sido impactados en esas zonas.

¿Por qué esto es importante? Porque cuando juzgamos situaciones, debemos tener claro que no todo lo que vemos es lo que es. Cuando un país define sus políticas de empleo no solamente hay que escuchar a la gente que está empleada, sino también a los que no lo están y quieren estarlo. Y cuando tratamos de medir los beneficios de un proceso de paz o las decisiones que se tomaron durante la pandemia, preguntarles solamente a los vivos nos daría unas conclusiones diferentes si tuviésemos la opinión de los muertos o, por lo menos, para tenerlos en cuenta. Cuando una de estas empresas de software costosísimo les diga: “las empresas exitosas usan mi software por eso debes comprarlo”, la siguiente pregunta sería: Y, las empresas que fracasaron, ¿también lo usaban?

No solamente tenemos que incluir en la muestra a los que no vemos, sino también tendríamos que incluir escenarios que a pesar de que no se dieron eran perfectamente posibles. En el ejemplo de la compañía de software no solamente hay que preguntar si las empresas que fracasaron utilizaron el producto, sino qué hubiesen pasado si las exitosas hubiesen utilizado un software parecido, ¿hubiesen sido igual de exitosas?
En momentos de crispación como los que vivimos tenemos que estar claros en que para juzgar hay que hacer un esfuerzo mucho mayor que solamente sacar conclusiones rápidas de los que vemos. Nuestra mente, después de miles de años de evolución, está hecha para tomar decisiones rápidas en situaciones de peligro, pero no para tratar de entender rápidamente situaciones complejas, y mucho más ahora que cada uno tiene en sus redes sociales un microcosmos de noticias que, más que informar, confirman lo que ya crees entender.

Decidir, juzgar, entender es mucho más complejo de lo que aparenta. Hay que hacerlo con cuidado y con toda la información visible y aún más allá. Si hay algo que podemos todos contribuir en este momento es hacer nuestro mejor esfuerzo, aunque sea incómodo y requiera mucha energía, en no juzgar a la ligera. Las situaciones son mucho más complejas de lo que nuestros ojos y nuestra mente puede percibir.

Terminé mi café, lavaré la taza y dejaré una nota. Espero que funcione.