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La economía es la ciencia de las decisiones humanas (lo no humano no decide; incide), en tanto que te cuenta cuál es la mejor de entre las alternativas que uno tiene a la mano.
Primera lección: No puede darse ciencia económica sin libertad pues solo el hombre libre está en condiciones de hacer frente a decisiones. Del esclavo a tiempo completo, o del que lo disfruta a ratos, es costumbre obedecer, nunca decidir. Por esta razón no hay visos de economía como disciplina autónoma antes de Adam Smith y de la revolución en Norteamérica. No porque desde entonces todos los hombres actúen en libertad, sino porque solo desde entonces, todos los hombres pueden actuar en libertad.
El hombre libre elige, y al elegir, renuncia. Y esto ocurre por la sencilla razón de que uno no puede estar en misa y repicando; no se conoce a nadie que pueda estar en dos sitios a la vez y no sea un dios. Elegir es renunciar, y renunciar es asumir, así nos empeñemos en mirar para otro lado, que hay cosas que se pierden cada vez que otras se ganan.
Segunda lección: Por miedo a haber errado el tiro y prolongar el enfado más de la cuenta, pocos deciden ponerse en evidencia y saber lo que pierden con cada cosa que ganan. Sigamos adelante. Toda elección implica una renuncia y el valor de la elección anda siempre en consonancia con el valor de la renuncia. Me explico más despacio. Por ejemplo, si por pasar tiempo contigo renuncio a mirar las nubes, el valor de estar contigo será tan pequeño como el placer que me incita ver pasar las nubes.
Pero si por estar contigo soy capaz de renunciar a un negocio redondo, el valor de pasar tiempo contigo se redoblará hasta ponerse a la altura del negocio rechazado.
Tercera lección: Toda decisión conlleva un precio igual o superior al valor de la renuncia. Llegados a ese punto donde todo tiene un precio; hagamos la pregunta del millón: ¿qué explica, entonces, que tanta gente crea que existen bienes que pueden ofrecerse de manera gratuita? Muy sencillo. Ocurre porque a la hora de elegir el bien gratuito están renunciando a un bien que no ven, que no tocan, que no presienten: ese bien se llama libertad, y por culpa de la mediocridad en la que vivimos alegremente instalados podemos llegar a deshacernos de ella sin apercibirnos.
Puesto que la libertad solo se reconoce cuando se ha perdido, y en muchos casos ni así, pocos son los que se percatan de ella cuando la ponen al servicio del canje.
Cuarta lección: Todo tiene un precio, y allí donde no hay precio, tú y tu libertad sois ese precio. Llegados hasta aquí podrás sopesar por qué al socialismo le encanta brindarte de bienes de manera gratuita: no busca que muchos tengamos libre acceso a esas mercancías de forma universal y obligatoria, como así se empeña en incitar con su propaganda, lo que pretenden, en cambio, es que tú, a cambio del bien gratuito, te veas obligado a renunciar, sin apercibirte, de la única defensa que tienes para enfrentar su tiranía: tu LIBERTAD.
Michael Hopf presenta un dicho inequívoco en su libro “Those Who Remain” y que explica perfectamente el fenómeno del crecimiento que se ha visto últimamente en la popularidad del comunismo en EE.UU.
Hace unas semanas leí sobre Alpha School, un modelo educativo que utiliza inteligencia artificial para personalizar gran parte del aprendizaje académico y dedicar más tiempo al desarrollo de habilidades humanas. No sé si ese será el colegio del futuro. Lo interesante es la pregunta que plantea: ¿qué debemos enseñar cuando el conocimiento deja de ser el principal factor de diferenciación? Durante décadas, la educación tuvo un propósito claro. La escuela transmitía conocimientos y la universidad formaba especialistas. En un mundo donde acceder a la información requería tiempo y esfuerzo, ese modelo tenía sentido. Hoy cualquier estudiante puede pedirle a una inteligencia artificial que explique un concepto, resuelva un problema o resuma un libro en segundos. Si la información dejó de ser escasa, la ventaja competitiva ya no será saber más. Será pensar mejor. Eso exige replantear nuestras prioridades. El pensamiento crítico deja de ser una habilidad complementaria para convertirse en el centro de la educación. No porque las respuestas hayan perdido importancia, sino porque ahora cualquiera puede obtenerlas. Lo realmente valioso será distinguir entre información y evidencia, identificar sesgos, conectar disciplinas y ejercer buen juicio cuando no existe una solución evidente. Los líderes más admirados rara vez son quienes tienen todas las respuestas. Son quienes hacen las preguntas que los demás no habían considerado. Saben simplificar problemas complejos, escuchar perspectivas distintas, cambiar de opinión cuando la evidencia lo exige y decidir aun cuando la información es incompleta. Esas capacidades no pertenecen a ninguna profesión en particular. Son el resultado de una formación amplia, de la curiosidad intelectual y de la disposición a cuestionar incluso las ideas propias. Si la inteligencia artificial obliga a replantear la educación, quizá el mayor cambio no sea tecnológico, sino filosófico: volver a enseñar a pensar. Curiosamente, esta transformación nos acerca a los grandes pensadores del Renacimiento. Estos no entendían el saber como compartimentos aislados. Leonardo da Vinci fue artista, ingeniero, anatomista e inventor porque comprendía que la innovación nace al conectar ideas. Los problemas que hoy enfrentan las empresas tampoco pertenecen a una sola disciplina. La inteligencia artificial, la geopolítica, la transición energética o el envejecimiento de la población exigen integrar tecnología, economía, derecho, psicología y ética. Formar líderes implica mucho más que desarrollar una buena capacidad analítica. También exige aprender a enfrentar la incertidumbre, asumir riesgos y entender que el fracaso forma parte del aprendizaje. Es allí donde se construyen el carácter, el juicio y la resiliencia. La inteligencia artificial puede reducir el esfuerzo necesario para aprender, pero no puede reemplazar las experiencias que forman el carácter. La discusión sobre la educación suele concentrarse en cuánto tiempo pasarán los estudiantes utilizando inteligencia artificial. La pregunta es más bien qué tipo de líderes queremos formar cuando todos tendrán acceso al mismo conocimiento. Las organizaciones y el mundo necesitan personas capaces de razonar con independencia, conectar perspectivas distintas, ejercer buen juicio, convertir la adversidad en aprendizaje e inspirar a otros para resolver problemas complejos. Esa ha sido siempre la esencia del liderazgo, y ninguna inteligencia artificial podrá reemplazarla