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Analistas 23/10/2025

No lo engendré

Andrés Otero Leongómez
Consultor en Investigaciones e Inteligencia Corporativa

La semana pasada regresó el expresidente Juan Manuel Santos al ruedo político -aunque estoy convencido que nunca estuvo alejado- buscando impulsar la opción del centro para los comicios de 2026. Al mejor estilo Petro, no aceptó su paternidad y se mostró crítico del Gobierno. Aunque Santos siempre ha sostenido que no respaldó la candidatura del Pacto Histórico, cuesta creerle, cuando varios de sus alfiles más cercanos participaron activamente en este Gobierno, el Partido de la U usufructuó de las mieles de la burocracia estatal, y algunos de sus representantes más notables -como Benedetti, Lizcano y Roy- se convirtieron en fichas claves del círculo de confianza de Petro.

A pesar de sus palabras, a Santos le cabe mucha responsabilidad de la situación que vive el país. Su ilegítimo proceso de paz dio viabilidad a las aspiraciones de la izquierda en Colombia; aprobó que las Farc llegaran al Congreso sin pagar un día de cárcel y sin contribuir un ápice de verdad, justicia y reparación; permitió que el M-19 volviera a enarbolar sus banderas, violando la amnistía que generosamente le había extendido el país tres décadas atrás; y labró el camino para que la izquierda -representada por Piedad Córdoba e Iván Cepeda-y otros enemigos de marras como Coronell y Barceló, saciaran su sed de venganza y mediante artimañas judiciales persiguieran al expresidente Uribe por más de 10 años. Montaje que sabiamente el Tribunal Superior de Bogotá desmontó esta semana.

Pero como decía Álvaro Gómez, a la gente hay que creerle. Aplaudo que Santos haya regresado al país a tratar de enmendar el daño que nos dejó. Que reconozca a Petro como un riesgo para la democracia, es ya un avance importante. Pero si sus intenciones son legítimas, debería ser más claro y contundente.

Como Nobel de Paz, debería censurar la intromisión de Petro en el conflicto entre Israel y Hamás, su respaldo al narco-régimen de Maduro y los ataques a María Corina Machado. Y al igual que otros expresidentes, debería emplear sus buenos oficios y sus contactos en Estados Unidos para prevenir que esta crisis diplomática -autoinfligida por la irresponsabilidad de Petro- termine en sanciones y aranceles en contra del aparato productivo colombiano.

En su entrevista, el expresidente dice que es necesario derrotar a los extremos y acabar con la polarización. En ese sentido, debería tener la gallardía de extender su mano al expresidente Uribe -de quien se distanció para respaldar al narco-régimen chavista- y buscar sanar las heridas con miras a que el país vuelva a tener debates de ideas sin sacarnos los ojos. A renglón seguido debería hacer lo mismo con el candidato Juan Carlos Pinzón, a quien lanzó al ostracismo por no estar de acuerdo con las prebendas que otorgaba el proceso de paz.

No espero que apoye a las opciones de derecha en la próxima contienda electoral, pero por lo menos que destape sus cartas y apoye a candidatos serios y bien estructurados, muchos quienes trabajaron en su Gobierno. Y de paso, marcar la raya respecto de personajes como Cepeda, Quintero o Roy, que sería facilitar que Petro -o su proyecto- se perpetúen en el poder.

Si somos responsables, no podemos seguir suministrándole la droga a un adicto enclosetado del cual ya no sabemos si reír, llorar, sentir lástima o preocupación, pues nos hundiremos con él. Es momento de hacerle una intervención -a la democracia- si queremos sacar a Colombia de la hora oscura en la que nos encontramos.

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