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Analistas 09/09/2021

Los elegidos

Andrés Otero Leongómez
Consultor en Investigaciones e Inteligencia Corporativa

Ver al ‘Nuevo’ Nuevo Liberalismo autoproclamarse como la renovación de la política en Colombia, equivale al cinismo de Alfonso López Michelsen describiendo la desconexión social de las élites bogotanas en su novela de 1952, ‘Los Elegidos’. Obra de ficción, si no fuera escrita por una de las figuras más representativas del Partido Liberal que gobernó Colombia la mayor parte del Siglo XX, hijo de quien fuese dos veces mandatario de Colombia y él mismo Presidente en 1978. En una entrevista antes de morir, le preguntaron si le cabía responsabilidad alguna por los problemas de violencia, guerrilla y narcotráfico que vivía Colombia, y perplejo por la pregunta respondió, “Si la tengo, no la veo”.

Con Juan Manuel Galán sucede lo mismo que con muchos delfines, se sienten -los elegidos-. Desde que pronunció el famoso discurso en el sepelio de su padre hace más de 30 años, lleva incidiendo y participando en política sin considerarse representante de los de esa estirpe. Fue el artífice de la elección de César Gaviria -mandatario que negoció la constituyente con el criminal más buscado del mundo, en el que se gestó el fenómeno del paramilitarismo que tanto le endilgan a Uribe y donde empezó la debacle institucional del país-.

El y su familia han vivido del erario público, pasaron por las mejores embajadas y se educaron en los centros educativos más prestigiosos del mundo. Fue senador por más de 10 años y su proyecto más representativo tras su paso por el legislativo ha sido la legalización de la marihuana, industria de la cual hoy hace parte sin sonrojarse. A pesar de lo anterior, sienten que el país aún tiene una deuda con ellos. Nadie niega el liderazgo que tuvo Luis Carlos Galán, pero es hora de mirar para adelante.

No tengo nada contra los López, los Galán o cualquier otro hijo de expresidente, pero los delfines deberían entender que el poder público no se hereda, no se traspasa de generación en generación como la realeza, -así los tratemos como tal-. Si en verdad quieren llegar a ocupar cargos públicos y de elección popular deben esforzarse el doble. No digo que haya que excluirlos por su apellido, pero deben mostrar mérito, resultados y liderazgo, si pretenden gobernar a Colombia.

Si algo quedó claro durante los últimos años, es que gobernar no se improvisa. Colombia necesita la renovación de su clase dirigente, -y no me refiero a elegir a exguerrilleros reinsertados, filósofos, periodistas o decanos-. En el país hay mucha gente preparada y con experiencia. Empresarios que saben generar riqueza y dirigentes con carácter y firmeza. Alguien con la capacidad de construir un proyecto político que defienda los principios de ley y orden, libre empresa y propiedad privada, y que lidere una verdadera transformación judicial, social y energética, lo cual no da espera. Necesitamos alguien dispuesto a remangarse las manos, a escuchar, y que inspire y se conecte con la gente.

La política es de sensaciones, no de estadística o de títulos. Si no abrimos el espacio para que nuevos estilos de liderazgo lleguen a los altos cargos del país, le estaremos abriendo la puerta a la victoria de una izquierda vengativa y pendenciera, que lo único que busca es acabar con la esperanza de un país resiliente, empujador y amable.