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Analistas 07/07/2026

Empacando maletas

Andrés Guillén G.
Socio director Guillen & Guillen Abogados

La vida es un constante fluir, un permanente movimiento, un evolucionar, siempre para adelante, nos guste o no, queramos aceptarlo o no. Como decía el gran filósofo/cantante popular Darío Gómez, nadie es eterno en el mundo; nada lo es. Todo termina siendo un retorno circular: no existimos, llegamos, nos vamos, desaparecemos.

Por todo eso, aun sin darnos cuenta, trasegamos “empacando maletas”: cambios en la forma de ver y asumir la vida, cambios de trabajo, cambios de casa, cambios de entornos, cambio de personas. Como las serpientes, vamos cambiando de piel, sí, así, literalmente, y la verdadera sabiduría radica en adaptarnos. Somos, por esencia, seres utilitaristas.

En los jóvenes esto es mucho más evidente: cambian de forma de vida, desde la gestación en un estado de nirvana en el vientre de su madre, hasta el primer grito vital en un entorno totalmente nuevo al nacer, para luego tener, sí o sí, que afrontar nuevas realidades, nuevos retos, nuevas exigencias, pasando por la difícil etapa de la adolescencia que todos, así no lo aceptemos, de una u otra forma seguimos viviendo y, afortunadamente, de una manera tardía. Esta es una etapa en la cual todos hemos sido eternos, por suerte temerarios, decididos; nos pueden más las ganas que los miedos y los riesgos.

Luego viene la etapa entre mediados de los veinte y los sesenta, en la cual se acaba de definir, no definitivamente, pero sí de una forma muy marcada y trascendente, el rumbo de la vida: generalmente los grandes aciertos y los errores mayúsculos, pero siempre de un lado para otro, nuevos retos, nuevos gustos, nueva gente, nueva forma de ver la vida, una mezcla de experiencia, pasión y ganas, de grandes descubrimientos vitales.

A partir de los sesenta se vive igualmente de una manera absolutamente intensa, pero de otras formas, no pausadas, sino más disfrutadas, más “saboreadas”, mucho más conscientes de que estamos de paso, de que seguimos empacando nuevamente maletas, pero con menos frecuencia y de una forma más ligera, aunque igual y, tal vez, definitiva. Con más conciencia de que es la hora de recoger lo sembrado, de desandar muchas cosas y temas en los cuales uno bien podría empezar de nuevo, no con el ánimo de eludirse, sino de vivir más plenamente, sin aceptar que nadie use nuestro pasado para atacarnos, pues debemos hacernos ya, antes de que sea demasiado tarde, conscientes y responsables de nuestros errores, de nuestras falencias y fracasos, y de entender que es normal que el camino nos haya dejado cicatrices.

Pero, de la misma forma, es el momento de hacer las paces con uno mismo, con los capítulos oscuros de la vida, de pedir perdón y de perdonarse, de tal forma que eso sea nuestro testimonio de vida y, como leí por ahí en estos días, que los demás, que muchas veces son los cercanos, juzguen sobre uno lo que ha de ser su disfrute, su beneficio, su placer e, incluso, su problema o su rencor, no el de uno.

Como decía el maestro Anthony de Mello, hay que andar ligero de equipaje, sin cosas o personas que nos frenen, que nos impidan avanzar. Empacar las maletas constituye, metafóricamente, el devenir de la vida. Hay que comprender que la brevedad de la vida termina siendo una eternidad, pues es la única que, por ahora, tenemos; que no somos perpetuos; que no hay que tener miedo de partir. El verdadero terror es parar antes de haber partido. Ya no hablamos tanto de felicidad como de armonía, no siendo conformistas, pero buscando siempre fluir.

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