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No debería existir una disyuntiva entre las palabras del título de este escrito. Todo lo contrario: deberían ser dos palabras cuyo sentido y ejercicio práctico tuvieran el mismo significado. Pero infelizmente no es así.
Uno de los sinónimos de abogado que se encuentran en el diccionario de la Real Academia Española es instruido, y este término, a su vez, equivale a educado, lo cual implica, en su acepción amplia, tener buenas maneras, buen proceder, decencia, o sea, dignidad en los actos y en las palabras conforme al estado o calidad de las personas.
Todo lo anterior para no entrar en tecnicismos sobre los deberes del abogado, entre otros, obrar con lealtad en todos sus procederes. Obtener el título de abogado es algo realmente fácil: no es una carrera que sea muy exigente en sus estudios universitarios ni que requiera de una inteligencia superior para lograr graduarse.
Pero muchos de nuestros colegas, a pesar de haber obtenido el título, están muy lejos de llamarse verdaderamente abogados.
Tristemente, parece ser que, en nuestro oficio, algunos mal llamados abogados -y digo mal llamados por su práctica, que inadecuadamente podríamos denominar profesional- confunden la habilidad con la argucia, trastocan el buen desempeño en el afán de ganar a toda costa y recurren a todo tipo de triquiñuelas, de interpretaciones de la ley y de actuaciones para mal defender sus torcidos intereses o los de sus clientes.
Retuercen y amañan el sentido de la ley y de los procedimientos en aras de lograr, por cualquier medio, sus oscuros fines, sin importar si son correctos, decentes y adecuados, o si buscan realmente justicia.
No es extraño encontrar que, incluso, han convertido la jurisdicción penal y la disciplinaria en una tercera instancia, de manera abusiva, ilegal e indecente, así a ese tipo de gentuza esta última palabra le suene como algo risible y banal.
Engañan a sus clientes, engañan a la sociedad, traicionan la profesión, para no mencionar que se traicionan a sí mismos, pero esto último es algo que poco les importa, porque han perdido, conscientemente, hasta su último resquicio de ética, moral y decencia.
Lamentablemente, no son pocos los mal llamados abogados que caen, como la escoria, en los más bajos peldaños de la degradación humana.
Hay que convocar a nuestro gremio y a las universidades que hoy por hoy “producen” abogados con fines lucrativos para que reflexionen sobre la responsabilidad que les asiste al hacer caso omiso de una verdadera formación integral de la persona que va a ejercer el derecho. Y el llamado se extiende a las asociaciones de colegas y, sobre todo, a los jueces, a los funcionarios judiciales y, decididamente, a quienes tienen jurisdicción en la Fiscalía General de la Nación y en el Consejo Superior de la Judicatura; en fin, a toda la sociedad, para que se forme un frente común de rechazo y sanción a este tipo de sujetos.
Una sociedad sin justicia, y sin unos actores de esta debidamente preparados y con un buen proceder -dentro de los cuales obviamente están los abogados-, termina siendo inviable.
No, lo que expreso en este escrito no son reflexiones de moral, no es cantaleta, no es literatura: es una triste realidad que debe ser cambiada y que no es problema solo de quienes nos movemos en estas huestes.
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