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En el Diccionario de la Real Académica de la Lengua Española, disrupción se define como rotura e interrupción brusca; sin embargo, el sustantivo de marras y sus adjetivos conexos, disruptivo (a), a punta de vitalidad y dinámica, empiezan a significar innovación, creatividad y evolución.
Las palabras son partículas lingüísticas análogas a las partículas cuánticas y suelen sorprender con inesperados comportamientos.
Así como en lo cuántico, la partículas algunas veces se comportan como tales y en ocasiones como ondas, las palabras, según contextos, textos y pretextos, tienen diversos significados y significantes con plurales manifestaciones e implicaciones.
Colombia, una democracia en cuidados intensivos, necesita liderazgos disruptivos, capaces al mismo tiempo de rompimiento, innovación, creación y evolución.
Cuando la corrupción se ha normalizado, lo disruptivo son liderazgos que puedan probar solvencia ética capaces de asumir responsabilidades y superar esas lógicas moralistas que andan buscando chivos expiatorios, señalando a otros como culpables y malos y reservando, para un nosotros sectario, el monopolio de lo bueno y correcto.
Cuando la ramplonería, la vulgaridad y el insulto se han tomado las prácticas la comunicación social y política, lo disruptivo viene a ser un liderazgo con estética capaz de ligar forma con fondo, rito con sentido, hábitos privados y virtudes públicas con bien común.
La estética de palabras, gestos y medios, precede a la ética de los actos y los fines. En materia estética también es clave evitar supremacismos sectarios, donde un nosotros encarne lo bello y armonioso, mientras otros representen fealdad y mal gusto.
Cuando erudiciones y tecnocracias de mente estrecha, ora con veleidades ideológicas, ora con impúdicos oportunismos, imponen falsa sensación de ciencia, lo disruptivo viene a ser la reivindicación del conocimiento riguroso para abordar temas de interés común y alta complejidad, ajeno a diagnósticos catastrofistas y a soluciones mesiánicas y simplistas.
El populismo erosiona la democracia y eso es grave, pero cuando el populismos manipula el saber se trata de un fenómeno de insospechadas consecuencias.
Cuentan que Diógenes, con todo y su cinismo rayano con el escepticismo, deambulaba día y de noche por Atenas con una buscando hombres integrales.
Colombia necesita empezar desde 2024 a ponerse en modo Diógenes y encontrar hombres y mujeres, organizaciones e iniciativas sociales, comunicacionales, culturales y políticas, que representen liderazgos disruptivos, con músculo ético, estético y de conocimiento, para dar norte y brújula a la democracia colombiana.
Se trata de buscar liderazgos disruptivos, no de aupar un líder caudillista cocinado a las volandas en ollas de izquierdas cada vez más siniestras, o asados en sartenes de derechas cada vez menos diestras y cada vez más quietistas; tampoco se trata de hacer ridículas copias de respetables y connotados líderes emergidos en otros contextos nacionales, con circunstancias muy diferentes a las de Colombia.
Esta búsqueda ha de ser auténtica, creativa, una conversación nacional, incluyente, con valores consistentes, sin relativismos claudicantes; una tarea urgente, sobre todo, importante.
Hay una realidad que no puede desconocerse, y menos cuando de innovación se trata, y es la denominada “prueba o regla de oro” del mercadeo, que no es otra cosa que la aceptación del mercado, que es el que en última instancia debe considerarla y aceptarla
La democratización de la energía no puede seguir siendo el premio de consolación de una gestión fallida
Es tarea del Banco de la República proteger el poder adquisitivo de la moneda, según la Constitución de 1991. La misma Carta definió que el ministro de Hacienda la presidiría, para así impulsar la coordinación entre política fiscal y monetaria