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En algún momento de casi toda crisis corporativa, alguien en la sala del juntas pronuncia una frase aparentemente razonable: “necesitamos que todos estemos alineados antes de proceder”. Suena a prudencia y buen gobierno. En realidad, puede ser el preludio del desastre.
El consenso es un valor casi sagrado en la cultura directiva latinoamericana, especialmente en empresas familiares donde las decisiones divididas amenazan no solo al negocio sino a las relaciones personales. Sin embargo, cuando la crisis exige velocidad y determinación, la búsqueda del acuerdo total frecuentemente produce la peor decisión posible: ninguna.
Para entender por qué la parálisis del consenso se ha vuelto tan peligrosa, es necesario comprender el contexto actual. Estudios recientes argumentan que tras la quiebra de Lehman Brothers en 2008 entramos en un cambio de era, “definido por una crisis sistémica continua en la que coexisten duración e intensidad”, lo que denominan crisis persistente.
Esta crisis persistente -alimentada por la pandemia, los conflictos geopolíticos, la inestabilidad política global y la disrupción tecnológica- ha configurado un contexto radicalmente diferente para la toma de decisiones. En tiempos de estabilidad, buscar consenso amplio era señal de madurez institucional. En tiempos donde las ventanas de decisión se cierran rápidamente, esa misma búsqueda puede ser letal.
La dinámica es predecible. Una propuesta de respuesta se presenta a la junta. La mayoría la considera razonable. Pero uno o dos tienen objeciones, algunas sustantivas, otras derivadas de agendas personales. En lugar de proceder con mayoría calificada, entran en un ciclo interminable de revisiones buscando satisfacer a todos.
Mientras tanto, la crisis no espera. Cada día de demora reduce las opciones disponibles. La decisión que eventualmente emerge es un compromiso aguado que no resuelve el problema. O peor: los eventos ya decidieron por sí mismos.
Estudios recientes identifican la parroquialidad -“el foco en el interés individual o de determinados grupos o facciones, incluso contra los intereses colectivos de la organización”- como rasgo tóxico que “se acentúa a medida que la crisis se alarga, a menudo por temor a perder el cargo de consejero”. La exigencia de consenso se convierte en coartada perfecta: quien bloquea una decisión puede presentarse como defensor de la deliberación cuidadosa cuando en realidad protege una posición personal.
Los investigadores advierten que esto conduce a la conformidad: directorios que, atrapados entre el miedo a decidir mal y el miedo a no decidir, se refugian en juntas normas sin cuestionarlas, quedando “atrapados en un bloqueo miope” donde sacrifican la acción estratégica genuina.
Hay una diferencia crucial que muchas juntas no distinguen. El consenso sobre el diagnóstico y los objetivos es valioso y alcanzable. El consenso sobre cada detalle táctico es innecesario e imposible. Confundir ambos niveles condena al directorio a debatir latamente cuestiones que deberían delegarse al equipo ejecutivo.
En empresas familiares latinoamericanas, esta confusión se amplifica. Cada decisión de crisis puede reactivar conflictos históricos entre ramas familiares. La junta deja de discutir la emergencia presente para relitigar agravios del pasado. Mientras tanto, el incendio sigue creciendo.
Las juntas maduras reconocen que este contexto demanda reglas diferentes. Esto implica acordar de antemano qué decisiones requieren unanimidad, cuáles mayoría calificada y cuáles pueden delegarse. Significa establecer límites temporales explícitos: si después de cierto número de sesiones no hay consenso, se procede con el mecanismo predefinido.
No se trata de atropellar minorías. Se trata de reconocer que en un mundo de crisis persistente, una decisión buena tomada a tiempo vale más que una decisión perfecta tomada demasiado tarde. La búsqueda incansable del consenso es, con frecuencia, la forma más elegante de no decidir nada.
P.D. Si su junta directiva necesita unanimidad para cada decisión, no tiene un órgano de gobierno sino un mecanismo de veto múltiple. En tiempos de crisis persistente, eso equivale a una sentencia.
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