Quisiera explicar en esta columna una frase de Immanuel Kant: “La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia la debilidad del fuerte”.

Hay muchas situaciones cotidianas que nos irritan y exasperan como cuando el computador demora en arrancar más de la cuenta, la reunión virtual que no termina, las constantes miradas al celular a la espera de un WhatsApp de alguien, la tractomula imposible de adelantar o la respuesta del jefe que no llega para el permiso de vacaciones.

¿Cómo reaccionamos ante este tipo de situaciones? Por lo general, es fácil caer en la queja, lamento o, incluso, en las groserías… En definitiva, perdemos la calma en esas circunstancias ordinarias.

En parte, puede ser que nos hayamos acostumbrado a la cultura de la inmediatez: las noticias se pueden seguir en tiempo real, compramos algo desde el sofá y en cuestión de horas lo tenemos en casa. Cuando tenemos hambre basta con elegir en una app lo que nos apetece; nuestro pedido llega a casa caliente y sin ningún esfuerzo… Lo queremos todo ya, y exigimos lo mismo a los que nos rodean. Nuestra sociedad ha creado seres impacientes, deseosos de la gratificación inmediata.

Al pensar en la impaciencia, lo primero que se me ocurre son los niños preguntando por el famoso “¿cuánto falta?” a los cinco minutos de subirlos al carro para un viaje de varias horas. Para ellos todo tiene que ser ya. Ser paciente es, por tanto, un rasgo de madurez.

¿Ha venido la pandemia a recordarnos el sentido de la paciencia? Esta palabra proviene del latín pati, que significa sufrir. Por eso el paciente de hospital es “el que sufre”.

La paciencia nos da la capacidad de mantener la tranquilidad frente a la decepción, la angustia o el sufrimiento. Es la virtud de quienes saben tolerar las contrariedades y adversidades con fortaleza y sin alterarse. Permite que las personas sepan esperar con calma, ya que saben que las cosas que no dependen de uno mismo requieren su tiempo. La paciencia puede ser también la facultad de esperar cuando algo se desea mucho.

Por otra parte, junto a la paciencia se desarrollan otras virtudes como la tolerancia, el respeto, la perseverancia, la calma, la serenidad que permiten retomar el control y superar los obstáculos que se presentan en el día a día. Las personas pacientes son más relacionales, porque tienen más empatía, generosidad y compasión.

Sin embargo, no es fácil desarrollar la paciencia en todas las ocasiones y menos en la actualidad. Nos encontramos abrumados por ocupaciones y diferentes quehaceres que se han multiplicado durante la pandemia: las tareas de la casa, el trabajo, el colegio de los niños y un largo etcétera.

Es el momento para recodar que lo más importante de la vida no es inmediato; necesita tiempo. Por eso, la paciencia está muy relacionada con la espera o, más bien, con el saber esperar. Desde la cosecha del campesino hasta un embarazo, pasando por ganar el Tour de Francia. Como dice un proverbio persa: “La paciencia es un árbol con raíces amargas, pero con frutos muy dulces”. Todos los procesos que valen la pena son una combinación de acción y saber esperar.

La paciencia es la más heroica de las virtudes, precisamente porque carece de toda apariencia de heroísmo. La paciencia tiene más poder que la fuerza. Ten paciencia con todas las cosas, pero, sobre todo, ten paciencia contigo mismo. Porque al final, la paciencia todo lo alcanza.