Analistas 26/09/2020

¿Musa, inspiración o reflexión?

La palabra “inspiración” procede del verbo latino spirare que significa soplar. Por ende, inspirare quiere decir “soplar en” o “respirar”. De esta forma, inspirar responde al acto de introducir aire en los pulmones: dar vida. Aunque, en sentido figurado también expresa “insinuar algo en el corazón de alguien” y está relacionado con un instante súbito de creatividad.

Por otra parte, la Musa es una figura femenina de la mitología griega, fuente de inspiración en las artes o las ciencias. Se utiliza en sentido figurado para describir a la mujer amada o la que trae la inspiración ya sea en la pintura, en la poesía o en otras formas de expresión. Al parecer, los artistas griegos antes de comenzar una obra imploraban a las Musas que les insuflaran su inspiración. Como si fuera un intenso beso, cargado con el néctar de la inspiración, inhalaban profundamente el soplo de las musas que ponía en movimiento su creatividad. En este caso, la inspiración no aparece con esfuerzo o ejercicio de la voluntad y, en realidad, es lo opuesto del trabajo esforzado. Así, el artista se convierte en un mero instrumento en manos de la Musa que le inspira.

Hay que reconocer que las musas no siempre están ahí cuando uno las necesita; y los instantes de agudeza y clarividencia son más bien raros. De modo que deben aprovecharse los momentos de reflexión para “obligar” a que aparezca la inspiración deseada y producir los frutos intelectuales. Como decía Picasso: “que la inspiración te encuentre trabajando”. Aún más claro es Thomas Alva Edison, el prolífico inventor, cuando dijo que “el genio es 1% inspiración y 99% transpiración”. Con más de 1.000 patentes a lo largo de su vida, tenía claro que detrás de cada idea había mucho esfuerzo para llevarlas a cabo.

En cambio, la sociedad actual a veces se instala en la idea simplista de mitificar el momento “eureka”, donde aparece la inspiración…y la musa. Pero ¿qué pasa con los pasos que se necesitan para que la idea se haga realidad? Las interminables reuniones con colegas para pulirla y mejorarla. Las noches sin dormir. El trabajo silencioso que carece de glamour, pero que es indispensable para convertirlo en realidad.

Además, nos estamos volviendo adictos a la estimulación. Al despertar cada mañana nuestro primer impulso suele ser mirar el celular o consultar las noticias. Permanentemente, buscamos llenar todo vacío con algún tipo de actividad. Hacerlo nos hace sentir productivos. En realidad, con esto perdemos la iniciativa. Hemos eliminado de nuestro día esos momentos de reflexión sin interrupciones. Ahora somos reactivos y estamos a merced de lo que nos llega. Sin embargo, es necesario dedicar tiempo de calidad a pensar en temas de fondo que no están en el día a día. Son nuevos proyectos que requieren un pensamiento más pausado.

Como decía Jean Guitton, el ideal del trabajo intelectual es una simbiosis entre las cabalgaduras de Don Quijote y Sancho Panza. De una parte, el juicio, la ponderación, la precisión y la paciencia: facultades lentas, pero seguras. Carecen de imaginación y su inteligencia necesita ejercitarse sobre la materia que otros les proporcionan. De otra parte, el don de la creatividad que nos puede arrastrar muy lejos de la realidad pero que, de no existir personas como estas, todavía estaríamos leyendo la hora en relojes de sol y quien sabe si se hubiera inventado la rueda.