A mediados de marzo, las oficinas se vaciaron de gente y se llenaron de incertidumbre. Casi todas las empresas enviaron a los trabajadores a sus casas. Se interrumpieron los viajes y traslados. Nos lanzamos al teletrabajo con un entusiasmo ingenuo y algo temerario.

Nos tocó adaptarnos de la noche a la mañana a los nuevos usos laborales, sin saber si estábamos preparados para el cambio. En muchos casos, comenzaron las jornadas interminables, alternando las relaciones familiares y sociales e incluso afectando el sueño. Además, la tensión de mantener el nivel de resultados en el trabajo, en medio de recortes de personal, aumentó la ansiedad por estrés.

Es mentira que con el teletrabajo podamos administrar mejor el tiempo. Quisiéramos trastocar las leyes de la física “expandiendo el tiempo y el espacio”. Pero en realidad, lo único que hacemos es mezclar el espacio de trabajo con el espacio privado. Ahora trabajamos desde el sofá o desde la cocina, compartiendo “oficinas improvisadas” con parejas, hijos o mascotas. Sin contar con que se multiplicó el pluriempleo con labores escolares y otras tareas domésticas... Si el trabajo antes estaba circunscrito a un horario, hoy en día ocupa todas las horas: lo normal es trabajar de sol a sol, o incluso más. No existe la desconexión. Como no hay descansos, tardamos mucho en recuperarnos y estamos más nerviosos e irascibles.

En el teletrabajo conviven lo personal y lo laboral. No es sencillo ajustarse a un horario. Antes era más fácil de diferenciar porque trabajábamos desde la oficina, pero ahora la única forma de desconectar es apagar el computador y el celular. Tenemos que ser conscientes de que si no contestamos un correo del trabajo a las ocho de la noche no somos malos trabajadores. El problema está en que el trabajo continuo es alentado por jefes inseguros que, al no podernos ver, necesitan mantener el control por medio del correo electrónico, WhatsApp o videoconferencia. Por el contrario, dirigir desde la distancia implica dar confianza y libertad.

Los que trabajan con videoconferencias a diario conocen esa extraña experiencia. Las reuniones son unas cuantas cabezas en la pantalla del computador. Una reunión transcurre en una retícula de caras que te miran todo el tiempo. Eso ayuda a la productividad, pero tiene un costo. Y pasar 10 o 12 horas frente al computador rompe también espaldas y corazones.

Echamos de menos las conversaciones con los colegas de trabajo, en las que surgían ideas. Hemos vuelto a una soledad que aísla. Perdimos la cultura de la socialización y la conversación que te vincula con el otro; el pasillo y el café. A largo plazo, no sabemos cuáles serán las consecuencias, pero un riesgo típico del teletrabajo es el aislamiento.

Al menos, el teletrabajo nos ha mostrado que no era vital ir de corbata y afeitado, en el caso de los hombres, o con tacones durante ocho horas, en el caso de las mujeres, porque, al final, lo que produce valor son las personas sin importar su ubicación o cómo van vestidos.

Así, lo que se vendrá en el ámbito laboral, cuando nos recuperemos del caos actual, será la aparición y diversificación de nuevos regímenes de trabajo, más allá de los empleos fijos a tiempo completo. Serán trabajos con mayor autonomía en la gestión del tiempo y, sobre todo, orientados a la consecución de los resultados en un entorno de más libertad y sin tanto control.