sábado, 1 de agosto de 2020

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Hace unos años, cuando vivía en Barranquilla, uno de mis amigos me invitó a cenar a su casa.

- ¿A qué hora quieres que llegue? - le pregunté.
- En la “nochecita”- me respondió.

Asumí que debía ser a la salida del trabajo. Cuando me presenté en su casa la puerta estaba abierta... Busqué cómo llamar y escuché que mi amigo gritaba mi nombre desde la hamaca que tenía colgada en la terraza del segundo piso, en la que se mecía plácidamente, mientras asomaba media pierna por entre los pliegues. Dando una gran voz dijo:

- ¡Trae un par de “frías” de la nevera, que aquí te espero!

Obediente, me dirigí a la cocina del primer piso. Fácilmente encontré la nevera que se destacaba entre todos los electrodomésticos. Y justo cuando estaba con la puerta de la nevera abierta, buscando las cervezas, una voz femenina a mis espaldas me interpeló:

- Ajá, ¿y tú quién eres?

- ¡Vaya! Pensé para mis adentros, - y ahora cómo le explico la situación.
Se dio cuenta de mi sonrojo y añadió: Tú debes ser el amigo de mi marido. Sube a la terraza, que ya les llevo yo las cervezas.

Salí de la cocina un tanto desconcertado, subí al segundo piso y saludé a mi amigo que seguía en su hamaca. Solo se paró cuando a los pocos minutos llegó su esposa con una gran bandeja con las susodichas cervezas, acompañadas de varias delicias de la comida costeña. Pasamos un rato memorable a la luz de la luna, acariciados por la brisa decembrina de Barranquilla, mientras conversábamos de lo divino y de lo humano.
Varios años después, cuando ya residía en Bogotá, otro amigo me hizo una invitación parecida.

- Mi esposa y yo te esperamos a comer esta noche en mi casa; puedes llegar a las siete y media- me dijo mi amigo.

Después de superar el consabido trancón de la noche, llegué a su apartamento, con tan solo unos minutos de retraso. Me abrió la puerta la empleada. Una mujer de mediana edad vestida de impecable uniforme negro y delantal blanco que me sonreía mientras anunciaba:

- Los señores le esperan en la sala.

Al entrar al salón vi a mi amigo con su sempiterna corbata, perfectamente anudada y su saco confeccionado a la medida. A su lado, su esposa lucía un magnífico vestido y se adornaba con un collar de perlas a juego con sus pendientes. La conversación arrancó con un aperitivo alrededor de la chimenea. Luego pasamos al comedor y todo transcurrió con el orden y la formalidad que se espera de una elegante cena con camarero incluido.
Esa noche, cuando entraba a mi casa, al meter la llave en la cerradura de la puerta, sonó mi teléfono. Era mi amigo bogotano. Pensando que algo me había olvidado, no dudé en responder. Y para mi sorpresa me dijo:

- Alfonso, para Rosita y para mí ha sido un gusto que hubieras venido hoy a nuestro apartamento. ¡Qué rico compartir contigo!

La diferencia entre uno y otro es más que evidente. Ambos ofrecen su amistad derrochando generosidad. El costeño da confianza y te abre la puerta de su casa (y ¡hasta de su nevera!). Te hace sentir uno más de la familia. Mientras, el bogotano, más formal y serio, cuida la preparación y los detalles para manifestarte su aprecio. No se deja nada a la improvisación. Cada uno tiene su estilo. Los dos son muy diferentes. Pero, sobre todo, los dos son mis amigos.