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TRIBUNA EMPRESARIAL 30/04/2026

Movilidad que también cuida la tierra

Alejandro Zambrano
Gerente general de Doppelmayr Colombia

Abril suele invitarnos a mirar el planeta con más atención. No solo porque el 22 de abril se conmemora el Día de la Tierra, sino porque esa fecha nos recuerda una pregunta cada vez más urgente para las ciudades: cómo mover a millones de personas sin seguir ampliando la huella ambiental de la movilidad urbana. Durante años, esa conversación se centró en buses, trenes o electrificación. Hoy, cada vez hay más razones para incluir también a los teleféricos urbanos dentro de esa ecuación.

El punto de partida suele ser evidente: las emisiones. Los sistemas de cable funcionan con energía eléctrica y, en su operación, no generan emisiones locales. Pero incluso en términos comparativos, su desempeño ambiental resulta especialmente relevante. Diversos análisis muestran que un teleférico urbano puede generar menos de la cuarta parte de las emisiones de otros medios de transporte motorizados, lo que lo convierte en una de las alternativas más eficientes desde el punto de vista ambiental.

Sin embargo, el aporte ambiental de los teleféricos no se agota en lo que no emiten. También está en cómo se construyen y en el impacto que generan sobre el territorio, dado que el cable aéreo requiere una huella urbana mucho menor, con torres que ocupan poco espacio y una infraestructura que se adapta a la topografía sin necesidad de grandes intervenciones. Ese impacto ambiental también se traduce en beneficios directos para la salud de las personas. En Ciudad Bolívar, un estudio de la Universidad de los Andes, publicado en la revista The Lancet, encontró que el sistema contribuye a reducir la exposición a contaminantes como el monóxido de carbono y el material particulado, disminuyendo así los riesgos de enfermedades respiratorias.

Hay, además, otra dimensión ambiental que suele pasar desapercibida: el ruido. Los teleféricos, al ser sistemas eléctricos y de operación continua, son significativamente más silenciosos que muchas alternativas tradicionales, contribuyendo a entornos urbanos más habitables. Por eso, cuando se analiza el impacto ambiental del transporte por cable, lo que aparece es una suma de ventajas: menos emisiones, menor consumo energético, menos ocupación de suelo, menos ruido y una construcción menos invasiva.

Pero quizás el mayor valor de los teleféricos aparece cuando se entienden como parte de una red. Un cable bien integrado no reemplaza otros sistemas, los complementa. Permite cerrar brechas, conectar territorios difíciles y hacer más eficiente el conjunto de la movilidad urbana. En ese sentido, no solo contribuye a reducir emisiones, sino también a reducir ineficiencias, que son, en sí mismas, una de las mayores fuentes de impacto ambiental en las ciudades.

Colombia ya ha empezado a recorrer ese camino. Bogotá, Medellín y otras ciudades han demostrado que el transporte por cable puede ser una solución cotidiana, no una excepción. Y en un momento en el que la sostenibilidad dejó de ser una opción para convertirse en una necesidad, vale la pena entender que las decisiones de infraestructura también son decisiones ambientales. El Día de la Tierra no solo debería llevarnos a hablar de naturaleza, sino de ciudad. Porque al final, cuidar el planeta también implica construir sistemas de movilidad que lo respeten. Y en esa tarea, los teleféricos urbanos están demostrando que es posible conectar a las personas mientras ayudamos a que las ciudades respiren mejor.

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