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Lo que se viene

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La democracia habló, y los casi siete millones de ciudadanos que votamos por Oscar Iván Zuluaga, perdimos. Como demócratas, es nuestro deber felicitar al presidente Santos por su victoria, y desearle lo mejor en su nueva gestión. Ahora, que hubo compra de votos en los pueblos por parte de los barones electorales es un hecho desagradable e irrefutable. Por ejemplo, me cuentan “por el interno” que en un pueblo de Nariño la votación fue como 6.000 para Santos versus 300 para Zuluaga. Esa distribución de la votación es estadísticamente imposible, y es necio por parte del gobierno el negar que hubo trabajo antiético, quizás criminal, de las maquinarias partidarias atadas al gobierno. Pero el hecho irrefutable es que Zuluaga perdió por mucho trecho en Bogotá, siendo esta la plaza más importante de Colombia. 

Mejor dicho, el presidente Santos muy seguramente hubiera ganado aún si las maquinarias no hubieran participado activamente en la jornada electoral, pues la simple realidad es que la izquierda de Colombia votó masivamente por Juan Manuel Santos. Este hecho es importante, pues el presidente Santos o ganó con votos prestados, o, alternativamente, el presidente Santos de verdad se volvió izquierdista. 

Dudo sinceramente que el presidente Santos lleve el izquierdismo en su sangre. Creo que la cuestión va por otro lado. Según lo que le he oído en entrevistas, lo que pasa acá es que él cree ciegamente en aquella “tercera vía” que pregona Anthony Giddens, esa tercera vía con la que comulgan líderes como Tony Blair o Bill Clinton. El problema es que esa tercera vía no funciona tan bien cuando un país tiene que convivir con una izquierda y una derecha radical alzadas en armas. 

Por lo tanto, es un hecho que el presidente Santos va a tener que gobernar, por segunda vez consecutiva, de una forma diferente a como sus electores esperan. En el 2010 los electores votamos a favor de que se mantuviera la seguridad democrática. En 2014 los electores votaron por más gasto social, menos apertura económica, más cercanía a los países del Alba, más protección para el agro, menos minería, expulsión de las multinacionales en la industria de hidrocarburos, más gasto para el “postconflicto”, más impuestos para los ricos, etc., etc. Mejor dicho, en esta ocasión muchos colombianos votaron por una agenda “progresista”, una que claramente es antagónica a la agenda que se votó en el 2010.

El punto acá es que Luis Carlos Sarmiento e Iván Cepeda no caben en el mismo barco, así el país decida desvivirse en emoción por la eventual llegada del famoso “postconflicto”. Acá, o se respetan las visiones sobre la cosa pública que tiene Iván Cepeda, o se respetan las de Luis Carlos Sarmiento. Punto. Llámeme aguafiestas, cínico, o enemigo de la paz, pero nadie puede refutar que la forma de ver el mundo de Luis Carlos Sarmiento nunca se asemejará a la que tiene Iván Cepeda. Y viceversa. Mejor dicho, es imposible complacer las exigencias de ambos.

También es importante recordar que nada es gratis en este mundo, y mucho menos en la política. ¿En serio esperará la Casa de Nariño que los observadores de la cosa política crean que no hay ni habrá nada atado al respaldo del Polo Democrático o el progresismo a la reelección del presidente Santos? ¿Quizás un Ministerio de Trabajo para el “petrismo”, y el MinSalud para los del Polo? ¿Quizás una reforma tributaria que incremente los impuestos al capital extranjero? ¿Revivir la reforma pensional que se hundió hace unos meses en el Congreso y que era claramente anti-mercado?

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