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Las protestas en Francia ilustran las dificultades que tiene cualquier país para alinear las expectativas de una parte importante de la ciudadanía con las realidades fiscales y macroeconómicas que las financian. En Francia, el desbalance es especialmente notorio.
Como telón de fondo, conviene ubicar al país en un contexto de mediano plazo. El Gráfico 1A muestra la relación entre el PIB per cápita de Francia y el de Estados Unidos, y evidencia que el desempeño económico entre 1990, cuando el indicador era 90%, y nuestros días, cuando cae a algo más de 70%, deja mucho que desear. El Gráfico 1B, de otra parte, muestra el stock de deuda pública en relación con el PIB, y sugiere que la tal austeridad fiscal, una de las presuntas causas del descontento, no se ve por ningún lado.

Junto con esta complicada evolución económica de mediano plazo, ha habido un viraje importante en la opinión ciudadana. En el Cuadro 1 sintetizo nueve de las preguntas que se consignan en el Baromètre d’opinion, una estupenda encuesta que hace anualmente la Drees (Direction de la recherche, des études, de l’évaluation et des statistiques) a unas 4.000 personas, cuyos microdatos, anonimizados por supuesto, pone a disposición de la comunidad interesada. A diferencia de lo que pasa con nuestra Pila, digo yo.
Resalto un contraste notorio: la solidez del respaldo a la afirmación de que “Las pensiones deben seguir siendo esencialmente públicas”, es decir, pagadas con impuestos, no con ahorro acumulado, ubicado sistemáticamente en los alrededores de 90%, de una parte, y el marcado deterioro del apoyo a la idea según la cual “hay que aumentar el RSA” (Revenu de solidarité active), una suerte de ingreso mínimo vital, equivalente hoy día a más de US$740 mensuales (baja de 72% a 43%), de otra parte. El RSA, valga aclarar, es una transferencia pagadera a todo el que tenga dos simples papelitos: (a) prueba de residencia y (b) ausencia de ingresos equivalentes.

Lo cual me lleva a la inmigración, que es un tema político muy de fondo en Francia y otros países europeos. En 2000, 24% de los franceses consideraba que el seguro de desempleo debería limitarse a aquellos que cotizaban una parte de su salario con ese fin. La población que no aporta, entre ella de manera importante los inmigrantes, se debía excluir en opinión de apenas uno de cada cinco franceses. En 2025, esa cifra se duplica, mientras que el apoyo a más impuestos para financiar el RSA y demás baja de 49% a 26%.
Me da la sensación de que el telón de fondo, la evidente y crónica esclerosis económica, está impactando a la ciudadanía francesa, y que el despelote de estas últimas semanas puede llegar a implicar un equilibrio bueno, una sentada a la mesa por parte de todos, en el que el mensaje central sea: mesdames et messieurs, llegó la hora de desinflar pretensiones.

Yo creo que el concepto de “sustico fiscal” es útil. Francia no ha entrado en una situación de default ni nada parecido. Pero los indicadores financieros, por ejemplo lo que se puede observar en el Gráfico 2, que mide el interés que hay que pagarle a la gente que le presta plata al Gobierno, en comparación con España, que no navega propiamente en las mieles de la tranquilidad, son un claro incentivo para formularse, más temprano que tarde, la pregunta de fondo, para sentarse a la mesa y para discutir pretensiones.
No puedo terminar sin decir que la palabra “pretensión” es una de las razones principales por las que amo la lengua castellana.

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