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Analistas 14/07/2026

¿Cuál fractura?

Alberto Carrasquilla
Economista y ex ministro de Hacienda y Crédito Público de Colombia

Como la pornografía y otros asuntos menos espinosos, el populismo y la polarización son conceptos muy difíciles de definir con precisión -para la muestra, toda la tinta vertida en el intento-, pero muy fáciles de identificar una vez uno los palpa. Basta una primera impresión para que quede claro que ni lo uno es, propiamente, una expresión del arte erótico, ni lo otro es, propiamente, una expresión de la democracia funcional.

El más común de los lugares para irnos apropiando una acepción específica es el concepto de fractura entre dos grupos de ciudadanos. La famosa dicotomía entre un nosotros y un ellos, entre unos “nunca” y otros “siempre”, o entre unos que sí y otros que no. Lograr delimitar con claridad elemental este lado, el bueno, y lograr caracterizar con similar nitidez el otro lado, el malo, de una parte, e invitar a pertenecer al lado de acá sería la receta fundamental para ascender en la nueva política del populismo airado.

Vale la pena preguntar cuáles son, exactamente, estas fracturas. Empiezo por anotar que, a pesar de sus cambiantes expresiones, consignadas, por ejemplo, en las redes sociales y en los votos mismos, es muy posible que la población tenga, primero, unos valores y principios de más larga duración y que, segundo, esos valores sean menos sujetos a los vaivenes de la polarización y el fanatismo.

Miremos, por ejemplo, algunos resultados de la Encuesta de Cultura Política de 2023, la última disponible. La encuesta del Dane permite indagar acerca de diferentes tipos de fracturas observadas a lo largo de diversas categorías conceptuales. Por ejemplo, miremos la percepción general sobre la democracia a lo largo de dos dimensiones potencialmente polarizantes: estrato y nivel educativo. En el Cuadro 1 se presenta el resultado.

Los colombianos diferimos de manera notoria, aunque en un grado relativamente moderado, vis-à-vis los extremos en que pareciéramos hacerlo en las redes sociales y en las elecciones. Lo cierto es que solo una ínfima minoría considera que el país no es democrático, la tercera parte piensa que vive en un país plenamente democrático, y este ordenamiento es común a todas las dimensiones sociales que discuto.

Cosa similar sucede en otra esfera: la tolerancia hacia la gente distinta. La encuesta tiene una pregunta muy relevante: la disposición de la gente a tener como vecino a una persona que pertenece a alguna de las 12 minorías. Los resultados están en el Cuadro 2.

A primera vista, pareciera que somos una sociedad bastante intolerante y que ello podría fundamentar un populismo polarizante: 70% de nosotros rechaza al menos una categoría de personas diferentes, 2,7 en promedio (de un total de 12), y esa abrumadora mayoría es robusta a lo largo y ancho de las dos dimensiones sociales analizadas.

Pero esta aparente intolerancia se aclara mirando la distribución de aquello que es, concretamente, lo que es tan ampliamente rechazado (Cuadro 3).

Lo que es rechazado de manera fuerte en Colombia no es la identidad de las personas, la acepción usual de lo que es la intolerancia. Allí, la intolerancia es un traje que viste una ínfima minoría. Lo que poco toleramos no es la identidad de la otra persona, sino su comportamiento frente a la ley y sus vínculos previos con la violencia organizada.

Todo lo anterior, para plantear tres hipótesis. Uno, si ponemos de lado el ruido ensordecedor de las redes sociales y los mismos resultados electorales, nos encontramos con un país lleno de opiniones compartidas. Dos, estas opiniones se parecen mucho a las de países prósperos que viven en paz y que progresan. Tres, nuestro problema de fondo no es la polarización, que parece ser un actor de reparto. Nuestro problema de fondo es que la mediocridad del debate público se convirtió en un equilibrio estable.

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