Analistas 22/04/2020

Nuevo contrato social con el agro

La tragedia ha estimulado a los líderes políticos para replantear posiciones y reorganizar prioridades. Al fin y al cabo, las crisis se pueden remontar, siempre y cuando quienes estén al mando de la situación gocen de la astucia, coraje e inteligencia para identificar las soluciones y emprender los cambios que se requieren para superar la coyuntura.

Los colombianos poseemos un tesoro que ha sido mal aprovechado: el agro. Somos un país con vocación agrícola, pero desafortunadamente hemos tenido grandes dificultades para superar los métodos y procedimientos de producción artesanales. Aún persisten industrias agrícolas regidas por modelos idénticos a las que se establecieron durante los años de la Colonia.

La semana pasada, en una de sus alocuciones televisadas, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, exaltó a la agricultura de su país, al decir que aquel oficio debe ser entendido como un servicio esencial, merecedor de tratamientos especiales. En política, nada es blanco y nada es negro. En principio, el asistencialismo es nocivo, pero, por razones estratégicas, hay sectores que deben ser celosamente protegidos. El agro es uno de ellos.

Nuestro progreso dependerá, como dicen nuestros campesinos del altiplano cundiboyacense, “de lo que da la tierrita”. Y ello nos obliga a trazar una línea de trabajo rigurosa para la tecnificación de las cadenas de producción y el mejoramiento de la calidad de los productos. Hay que empezar por reducir la brecha entre los grandes y pequeños productores. La competitividad debe estar sometida a una política de solidaridad. El mal manejo de la tierra, como se viene haciendo en muchas regiones de Colombia, es la causal de la pobreza de nuestros campesinos y del atraso del agro.

Tenemos que sentarnos a resolver qué queremos: ¿Competitividad en cantidad o en calidad? Quizás contamos con posibilidades de hacerlo en ambos sentidos. El café es un ejemplo de aquello. Nadie duda de la calidad de nuestro grano, pero, por estimular a los cultivos en masa, no hemos respaldado suficientemente los proyectos de emprendimiento de los productores de café gourmet, cada vez más apetecidos y demandados en los mercados internacionales.

La ampliación de la frontera productiva debe ser una obsesión nacional. Estamos en mora de la realización de un censo de producción que nos permita identificar las áreas rurales subutilizadas. Las mejores tierras de nuestro país son muchas veces dedicadas a la ganadería extensiva. Sus propietarios, ante la carencia de programas de financiación, se abstienen de emprender proyectos productivos adicionales a la ganadería, proyectos que generarían nuevos puestos de trabajo.

Ahora, que debemos sentarnos a trabajar disciplinadamente en la reconstrucción de nuestra economía, tenemos a la mano la gran oportunidad para satisfacer la deuda histórica que el país tiene con el campo. Empecemos por exaltar la producción agrícola como un bien esencial y, en consecuencia, merecedor de toda la protección y del apoyo. Suscribamos un nuevo contrato social con el campesinado, inyectémosle el dinero que sea necesario a la tecnificación del agro, profesionalicemos y actualicemos los procesos, pero, sobre todo, concienticémonos de una vez y para siempre, que nuestro desarrollo y futuro dependen, cardinalmente, de la tierra.