La acelerada devaluación del peso, causada por la conjunción de factores incontrolables como la caída del precio del petróleo y la incertidumbre global por la pandemia del coronavirus, se constituye en una inmejorable oportunidad para que el sector productivo colombiano se siente con juicio a buscar la manera de equilibrar la balanza comercial, para evitar que la cotización de la divisa dispare los precios de bienes y servicios, pero, sobre todo, para adoptar procesos productivos innovadores.

Empecemos dándole una rápida mirada a la situación del petróleo. Colombia, con una producción apenas superior a los 800.000 barriles diarios, no es un jugador de peso entre las grandes naciones extractoras. Rusia, que está por encima de los 11 millones/día, resolvió hacer trizas el acuerdo para mantener un precio estable y, de forma unilateral, aumentó la producción de sus vastos campos. La reacción de Arabia Saudí fue inmediata: a través de su empresa estatal Aramco se hizo pública la determinación de aumentar su producción en más de un millón de barriles diarios, pasando de 11 a 12,8 millones.

El mercado reaccionó instintivamente, causando una contracción del precio del WTI, que cayó a US$31,73 el viernes de la semana pasada.
Para que nos hagamos una idea: en marzo de 2018, el precio de referencia por barril era de US$66,37 (más del doble de lo que se cotiza hoy en día).

La economía colombiana, que está íntimamente ligada a la producción de hidrocarburos, seguirá sufriendo los coletazos del pulso entre los rusos y los saudíes. Lo cierto es que pasará mucho tiempo para que el petróleo vuelva a estar al precio al que estábamos acostumbrados y sobre el que hicimos todas nuestras proyecciones de ingresos.

Y, como si aquello no fuera suficiente, sobrevino el anuncio de la Organización Mundial de la Salud, declarando el coronavirus como una pandemia. ¡Quién dijo miedo! Los mercados, que ya estaban alterados, entraron en pánico, al punto de que el viernes pasado, la Bolsa de Colombia, para evitar una debacle, resolvió no permitir la realización de transacciones bursátiles.

Todo este alboroto, efectivamente, perjudica el bolsillo de los colombianos. Somos un país con una balanza comercial preocupantemente deficitaria. Me guío por las cifras del Dane, que no son para nada halagüeñas. Entre enero y diciembre del año pasado, el déficit de la balanza fue de US$10.700 millones, un 42% más alto que el registrado en el mismo periodo de 2018.

Es insensato e irreal proponer un cambio radical en la balanza comercial. Nuestro país, con un nivel bajo de industrialización y con un lamentable rezago en la implementación de nuevas tecnologías que amplíen la frontera productiva del agro, no tiene las condiciones para invertir las cargas, con el propósito de lograr una balanza superavitaria.

Lo anterior no significa que, como nación, tiremos la toalla y que continuemos sin entender aquello que magistralmente recogió el reconocido analista Andrés Oppenheimer en uno de sus más recientes libros: “Los Estados latinoamericanos que no quieran perecer tienen que jugársela a fondo por la creación de nuevas y mejores alternativas de producción.” Así y solo así podremos empezar a equilibrar nuestra balanza comercial.