jueves, 29 de octubre de 2020

Más allá de la destinación de recursos, el contexto actual exige asumir la responsabilidad social como una actividad espontánea de alianzas y liderazgo colectivo

José Francisco Aguirre

Al igual que como sucedió con la curva epidemiológica, el desempleo, la caída de la actividad económica y las diferentes medidas de distanciamiento social, las donaciones y contribuciones humanitarias durante la pandemia también tuvieron su pico: abril y mayo.

Este fenómeno, ajeno a cuestiones de voluntad o disposición, obedece fundamentalmente a la incapacidad de sostener en el tiempo acciones solidarias que no estén articuladas con otros actores, que no movilicen a los implicados o que, sencillamente, no tengan definidas unas metas más allá del corto plazo.

Si bien es cierto que la premura por apoyar al país y a las comunidades más vulnerables durante los primeros meses de la pandemia no dio mayor margen para planificar grandes estrategias de valor compartido, y que los diferentes aportes que en su momento se dieron fueron un gran alivio para varios sectores de la sociedad, la realidad es que la prolongación en el tiempo de la actual coyuntura demanda un cambio profundo en la concepción de las estrategias sociales.

Así las cosas, en contraste con la noción que hasta hace poco se tenía sobre los actos solidarios -comúnmente asumidos como el ejercicio de destinar presupuestos, satisfacer necesidades inmediatas y, en el mejor de los casos, lograr una trascendencia por medio de la implicación de un tercero interesado-, hoy, más que nunca, aspectos como el liderazgo colectivo, las alianzas interinstitucionales, dejar capacidad instalada y el trabajo conjunto con la comunidad beneficiada son esenciales para responder a las dinámicas de vida que ha impuesto la propagación del covid-19 en el país.

Indistintamente de si se busca favorecer el ámbito medioambiental, educativo, socioeconómico o de bienestar, lo cierto es que apostar por el largo plazo dejó de ser una característica de los más ambiciosos para convertirse en el común denominador de los cambios sistémicos que debe impulsar el sector social. En la medida en que más actores asuman la actividad de aportar como un hecho colectivo, reconociendo que siempre habrá áreas que escapan al conocimiento del aportante y, en consecuencia, complementándose con terceros, mayor será la integralidad de la iniciativa y el alcance de su beneficio.

Por otra parte, adicional a la multiplicidad de entidades involucradas, uno de los elementos que más ha puesto en evidencia el desenlace de la pandemia, por lo menos en lo que respecta al contexto local, ha sido la necesidad de que el destinatario final asuma un papel activo en la contribución; así, además de maximizar el aporte original, este podrá hacer de la solidaridad el punto de partida hacia una actividad sostenible que garantice un bienestar estructural.

En ese sentido, y teniendo en cuenta que el capítulo de la presente pandemia, además de incierto, está condicionando la consecución de gran parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para 2030, concebir la solidaridad como un concepto en doble vía constituye un aprendizaje esencial para encarar el cambiante contexto actual. La responsabilidad social, más que un paño de agua tibia, es el vehículo para emprender el propósito superior de generar bienestar, el propósito superior de ser un mejor país.

*Director ejecutivo de la Fundación Santo Domingo