Hoy, con la tecnificación, estos campesinos de Tangua pueden criar 1.200 animales y vender hasta 50 mensuales

Tatiana Arango M. - tarango@larepublica.com.co

Esta es una historia que revalúa ideas que creíamos inamovibles. Y que junta a muchos campesinos demostrando que hacer las cosas juntos sí paga. Cómo será de buena esta apuesta de negocio y transformación que hasta el Gobierno de Suecia se rindió ante su encanto. Esta historia viene en un cuerpecito, peludo y suave, y a pesar de que siempre ha estado allí, apenas se empieza a mirar con otros ojos. Sí, hablamos del cuy de Nariño.

Seguro que ya se lo imaginó asado con sus patitas y dientes. Quizá no sabe si lamerse los labios por su sabor inigualable, porque, aunque le encante, hay algo en su aspecto que no deja de impresionarlo. Pero qué pasaría si, más allá de su apariencia, se enterara que el cuy no solo tiene tanto porcentaje de proteína como la tilapia, el cerdo o la carne de res, muy poca grasa y además cuenta con Omega 3 y 6, sino que también hoy puede comerse distinto a como siempre lo ha visto. Por ejemplo, encocado y con el sabor de la costa Pacífica, al vapor y relleno de verduras o al horno con salsa de uchuvas. Adicionalmente, cada vez que come cuy está apoyando a las 30.000 familias campesinas que viven de su producción y, en particular, está empoderando a las mujeres y sus comunidades asociadas. Por si falta más, cuida del medio ambiente.

Todo eso da este animal de Tangua, un municipio vecino de Pasto, compuesto por 35 veredas y 11 corregimientos, que por años padeció la guerra. Quienes allí habitan son principalmente campesinos, adultos mayores y en condiciones de pobreza y analfabetismo, recios, capaces de soportar las temperaturas de páramo que congelan los huesos. Desde hace décadas se asentaron cerca a la reserva natural Ovejas-Tausa y de ella derivan su sustento, haciendo minería, con hatos de ganado y sembrando papa. El cuy ha sido siempre un animal de consumo doméstico, criado por las mujeres.

Hasta hoy.

A mediados de 2018, la Fuerza Pública le devolvió a esta región la seguridad que permitió restituir los predios de sus solicitantes –van 82 de 202– y, así, reiniciar una nueva vida productiva en estas tierras. Con este objetivo entraron distintas instituciones, públicas y privadas, sabiendo que no bastaba con entregarles a los campesinos una tierra si no se les daban insumos e instrucción para que la pusieran a producir de manera sostenible. Así como garantizarles que pudieran comercializar el producto.

De esta forma, cuando se estudió cómo podía reconstruirse el tejido social, desleído por años de abandono y zozobra, y con un bajo impacto ambiental dadas las condiciones de protección de esta área natural, se llegó, claro, al cuy. Con él, además, llegó la cooperación internacional, pues el Gobierno de Suecia viene apostándole a la paz de Colombia desde hace 15 años y vio que con el cuy se sumaban las tres prioridades de su apoyo: la paz, el cuidado medio ambiental y la equidad de género.

Y así, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) llegó a Nariño en 2018 como ejecutora de los recursos suecos y aliada de la Unidad de Restitución de Tierras de tiempo atrás; todo arrancó hablando con la gente del territorio. Luego de innumerables reuniones técnicas con la Gobernación y la Alcaldía de Pasto, con las asociaciones cuyícolas existentes y entidades como el Sena, el ICA, la ADR, Agrosavia y las universidades de Nariño y Mariana –equipo con el que se terminó constituyendo el Centro de Innovación Cuyícola de Nariño, Cuyinar– fue creada la estrategia Redes Locales de Integración Productiva – RLIP. Ello derivó, paulatinamente, en una crianza del cuy distinta, con miras a su producción comercial. Hoy, entre San Juan de Pasto, Ipiales y El Tambo, se estima que existen más de 3 millones de cuyes en Nariño, que representan ingresos anuales de unos $80.000 millones, concentrando a nivel nacional el 95% de la producción, seguido por Cauca, Huila y Putumayo.

En este tránsito, se fueron cambiando los patrones culturales de la región, que lograron transformar esta idea de que es un animalito doméstico criado por las “señoras de la casa”, y se empezó a ver que los cuyes son rentables. Hoy, con la tecnificación, estos campesinos de Tangua pueden criar 1.200 y vender hasta 50 mensuales, generándoles a sus familias un ingreso promedio de $1.200.000. Muchas de ellas, antes de iniciar el proyecto productivo, tenían máximo 80 animalitos pero, como van, pronto podrán criar 100 cuyes mensuales para la venta. Así mismo, este negocio tiene un bajo impacto ambiental pues es una producción que no utiliza insumos agrícolas, el laboreo de los suelos es mínimo y se reutilizan todos los subproductos, estiércol y abono orgánico, en el mejoramiento de los pastos. Finalmente, el trabajo femenino en el departamento se valora más; de las 30.000 familias que derivan su sustento de la producción de cuy en Nariño, 77,5% son mujeres.

Entre todos han logrado construir el siguiente paso: llegar a la mesa. Gracias a la campaña Cuy a toda hora, impulsada por la Unidad de Restitución de Tierras, el Gobierno de Suecia, la FAO, Asocamcuya, el Centro de Innovación Cuyícola de Nariño, los asaderos tradicionales de cuy, las escuelas de cocina, la Gobernación y la Alcaldía de Pasto, hoy ya hay versiones renovadas del delicioso cuy que hasta a domicilio llega, en tiempos de pandemia, a las casas. Así es como una tradición se mantiene viva.

Cuy a toda hora

La Unidad de Restitución de Tierras, el Gobierno de Suecia y la FAO conquistaron a los nariñenses con su producto insignia: el cuy. Con la campaña Cuy a toda hora, les mostraron que no solo su crianza es rentable, sino que es amigable con el medio ambiente, empodera a las mujeres y se puede consumir de mil formas.