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Analistas 11/06/2026

¿Somos lo que hacemos?

Leticia Ossa Daza
Socia Directora Práctica LatAm Paul, Weiss NY

Hace unos días leía Streetwise, las memorias de Lloyd Blankfein, ex CEO de Goldman Sachs. En uno de los pasajes del libro reflexiona sobre algunos de los ejecutivos más exitosos que conoció durante su carrera. Muchos de ellos, observa, parecían no tener una identidad real fuera de su trabajo. Incluso después de retirarse seguían buscando formas de mantenerse cerca del mundo que había definido sus vidas durante décadas.

Blankfein, al hablar sobre su decisión de retirarse, dice: “Todavía había otras cosas que quería aprender y hacer”. La observación parece sencilla, pero plantea una pregunta que rara vez discutimos: ¿qué ocurre cuando una persona se convierte en su cargo o en su empresa?

El mundo empresarial suele premiar la unidimensionalidad. Admiramos a quienes dedican años a construir una compañía, liderar una organización o desarrollar una experiencia única. Esa capacidad de concentración explica muchas historias de éxito. Sin embargo, existe una diferencia importante entre dedicar una vida a una profesión y permitir que una profesión se convierta en la totalidad de una vida.

La consecuencia de esa confusión suele aparecer en los momentos de transición. Basta observar las dificultades que enfrentan algunos fundadores cuando llega el momento de vender una empresa o preparar una sucesión. Lo que está en juego no es únicamente el futuro del negocio. También está en juego una parte de su identidad. Algo similar ocurre con muchos ejecutivos al final de sus carreras. Después de años ocupando posiciones de influencia, el retiro puede resultar desconcertante porque el trabajo fue durante demasiado tiempo la principal respuesta a la pregunta de quiénes eran.

Por el contrario, las personas que desarrollan una vida multidimensional -no aquellas que acumulan actividades o pasatiempos, sino quienes conservan intereses, relaciones, causas e inquietudes intelectuales que existen independientemente del cargo- suelen ser mejores líderes.

Los desafíos más complejos de nuestro tiempo rara vez pueden resolverse desde una sola perspectiva. La inteligencia artificial, la transformación tecnológica y los cambios geopolíticos exigen líderes capaces de conectar ideas provenientes de distintos mundos. No es casualidad que muchos de los empresarios más admirados sean lectores de historia, apasionados por el arte o interesados en disciplinas aparentemente alejadas de sus negocios. Su ventaja no proviene únicamente de lo que saben, sino de cómo interpretan la realidad.

El liderazgo consiste menos en tener respuestas y más en desarrollar juicio. Y el juicio rara vez surge de una visión estrecha del mundo.

Quizás por eso la reflexión de Blankfein resulta interesante. Después de una de las carreras más exitosas de Wall Street, no habla de lo que perdió al retirarse, sino de todo aquello que todavía le quedaba por descubrir.

Vale la pena preguntarnos si estamos construyendo una carrera o una identidad. Porque los cargos cambian, las organizaciones evolucionan y las trayectorias profesionales inevitablemente llegan a su fin.

Lo que permanece no es el título que ocupamos, sino la persona que existe detrás de él. Y quizás la verdadera medida del éxito sea qué tan completa sigue siendo esa persona cuando el cargo deja de definirla.

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