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La principal razón para expandir el tamaño del Estado es la financiación de derechos asociados a la protección social: la búsqueda de mínimos universales en alimentación, educación, vivienda, salud y pensiones. A lo largo y ancho del mundo, el Estado participó muy poco en estas labores hasta bien entrado el siglo XX. Llegó un momento en que las mayorías decidieron acabar con ese enfoque y modificar el pacto social en favor de estos nuevos frentes de preocupación.
La financiación de estos derechos es la esencia de la redistribución del ingreso: los ciudadanos más pudientes pagan impuestos y los ciudadanos que carecen de la capacidad para cubrir estos derechos reciben transferencias.
Es bien sabido que América Latina, en general, y Colombia, en particular, tienen indicadores de desigualdad de ingreso muy elevados. Aunque las cosas han venido mejorando ligeramente, también es cierto que la elevada desigualdad es una característica crónica de la región.
Para entender por qué somos tan persistentemente desiguales, resulta útil, primero, dividir la población en 10 grupos de igual tamaño; por ejemplo, grupos de 5,2 millones de personas en un país como Colombia, que tiene 52 millones de habitantes. Segundo, averiguar cuál es el ingreso promedio de cada una de las 5,2 millones de personas pertenecientes a cada uno de los 10 grupos. Tercero, establecer cuánto pagan en impuestos y cuánto reciben en transferencias monetarias estas mismas personas. Por último, calcular cuánto se transfiere de unos grupos a otros y cuál es el resultado neto -lo que aportan menos lo que reciben-.
Para hacerlo, contamos con una herramienta extremadamente valiosa, creada hace muchos años y mantenida en la actualidad por el World Inequality Lab, entidad adscrita a la Universidad de París, que cuenta con economistas especializados en el tema, como Facundo Alvaredo, Lucas Chancel, Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman; con seguridad, hay futuros premios Nobel en ese grupo.

La herramienta se llama World Inequality Database, cuyo mayor aporte es utilizar, además de las tradicionales encuestas de hogares, las cuentas nacionales y los registros tributarios, con el fin de ofrecer un panorama más amplio de la desigualdad de ingresos y, más recientemente, también de la riqueza.
La esencia de estas cifras puede resumirse en la distinción entre “ingreso de mercado” e “ingreso disponible”. El primero es lo que tiene el hogar antes de pagar impuestos y/o recibir transferencias monetarias del Estado. El segundo es lo que le queda después de ejecutadas estas faenas estatales.
El Cuadro muestra los resultados de un ejercicio que realicé usando estas cifras en tres casos diferentes: Colombia, los cuatro países del llamado Nuevo Occidente (Western Offshoots) y 15 países de Europa Occidental.
Las cifras miden, en cada caso, la participación de un determinado grupo en el ingreso total, tanto antes como después de las actividades redistributivas en 2023. Por ejemplo, en Colombia el decil 10, el más pudiente, recibió 59,9% del ingreso total.
El Cuadro deja muy claro, como ya sabemos, que Colombia es inmensamente más desigual, tanto antes como después de la ejecución de la política redistributiva, que los demás casos analizados.
Pero también ilustra algo que no se discute lo suficiente: nuestra redistribución es bastante atípica.
En el Cuadro resalto dos cosas: en amarillo, quién “aporta”, y en azul, quién es el que más “recibe”. Tanto en el Nuevo Occidente como en el Viejo Occidente, el esquema es sencillo y claro: el 30% más pudiente aporta y el 10% más pobre es el que más recibe. Punto.
En Colombia las cosas son mucho menos sencillas. Primero, únicamente aporta el decil 10. Segundo, quien más recibe no es el decil 1. Tercero, el decil 9 empata con el decil 2 en el campeonato del que más recibe.
Si la política redistributiva practicada en cualquier país es el fruto, en parte intencionado y en parte fortuito, del toma y dame político, el análisis de nuestro caso revela que, tras ese toma y dame, el decil 10 logra quedarse con mucho más de lo que retienen sus pares occidentales (50,3%); que los deciles ocho y nueve logran apropiarse de una parte importante de lo poco que hay; y que, frente a sus equivalentes, el decil 1 es el gran perdedor.
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