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No hay que matar al mensajero
Las instituciones tienen el deber de arreglar todo el daño hecho durante la actual contienda electoral, empezando por la reglamentación de las encuestas y su función profesional
El flujo de información de nuestros días es inversamente proporcional a su veracidad, dicho de otro modo, cuantos más datos hay a la mano para tomar decisiones políticas, económicas y financieras, más se puede incurrir en el error, máxime cuando de elegir a un Presidente se trata. El sesgo de confirmación reina en medio del bombardeo de información por redes sociales, computadores, celulares, televisión, radio, periódicos y libros.
Casi siempre -en la mayoría de los casos- la gente o las audiencias buscan dar más valor a la información o mensajes que respaldan sus creencias previas, ignorando o minimizando las que lo contradicen. Vivimos una época en la que de manera inconsciente se evade la realidad de manera deliberada, una suerte del efecto burbuja explicado en “El Filtro Burbuja”, (Taurus, 2017), de Eli Pericer, texto que se aproxima a las consecuencias de los algoritmos que condicionan a las audiencias a solo consumir lo que les gusta, creen en ello o disfrutan.

Martín Orozco, el CEO de Invamer, habla de que “los entornos digitales tienden a mostrarnos aquello con lo que ya estamos de acuerdo, reforzando creencias previas y haciendo cada vez más difícil contrastar posturas y analizar propuestas. A esto se suma la influencia del entorno social con el que nos relacionamos -familia, amigos y colegas-, que suele compartir visiones similares según el nivel socioeconómico, la región o la experiencia de vida. Todo ello contribuye a que nuestras opiniones se afiancen en espacios donde pensar distinto resulta cada vez menos frecuente”. A este problema se enfrenta la democracia colombiana luego de que el obsoleto Consejo Nacional Electoral, entidad conformada por puros y duros políticos, han sembrado dudas sobre metodologías y pertinencias de las encuestadoras, justamente en un momento en que esta industria está en plena reinvención tras la irrupción de la inteligencia artificial y los formatos digitales en las plataformas de las redes sociales, que pueden sesgar todos sus resultados.
George Gallup fundó en 1935 el Instituto Americano de Opinión Pública -hoy Gallup- para auscultar la opinión pública, demostrando que el tamaño de la muestra no era lo más importante, sino que fuese verdaderamente representativa de toda la demografía de un país o un mercado. No todo el mundo tiene redes sociales, pero la inmensa mayoría sí un celular. Hoy todo ha cambiado al ritmo de la manipulación y el marketing político o electorero, que ha empujado las intenciones subyacentes de los electores; las lluvias de mensajes, las mentiras piadosas, las verdades a medias, bodegas pagadas para mover las tendencias viven su reinado y Colombia no es la excepción, es más, es un autentico laboratorio de manipulación y lugar en donde se están tomando decisiones amañadas desde la institucionalidad con graves consecuencias.
Lo de las empresas como GAD3 y Atlas Intel no es más que la punta del iceberg de un enorme problema que se le viene al país, en todas y cada una de las piezas de información, en la que los medios de comunicación tradicionales, curadores de las noticias por excelencia deben prevalecer como testimonio de una profesión amenazada que hoy más que nunca debe gozar y sacar a relucir la objetividad plena. Le hacen tanto daño al país los periodistas politiqueros como los influencers adscritos a bodegas mercenarias encaminadas a destruir contendientes o adversarios de ideas políticas.
Si las autoridades de transporte no intervienen con normatividad más eficaz y sanciones, las motos pueden llevar al traste la movilidad en todos los pueblos y ciudades