lunes, 2 de septiembre de 2019

Con La llegada de septiembre se asoma no solo el cierre del año, sino también la elaboración de los presupuestos para 2020, con unos retos complicados, pero que no imposibles de cumplir

EditorialLR

Entramos a septiembre y en el ambiente económico se empieza a hablar del cierre del año, el último tramo de meses terminados en “bre” marcados por una mayor dinámica en el consumo y mayores expectativas de crecimiento del PIB, reducción del desempleo, rebaja del dólar y moderación en el crecimiento de precios por mayor oferta de alimentos. Vienen el día del amor y la amistad; la semana de receso de octubre y el Halloween; un noviembre con dos puentes festivos y un diciembre con sus fiestas tradicionales de Navidad y fin de año que siempre llegan prematuras. En pocas palabras, el ambiente cambia y crece el optimismo, pero las empresas no pueden parar ni entrar en “modo fiesta” porque es tiempo de hacer presupuesto para 2020; dicho de otra manera, el año donde comienza la tercera década del siglo XXI. ¿Quién lo creyera? Ya hace 20 años del 2000, una fecha sicológica que le impuesto retos de modernización y desarrollo a las economías. El país económico es muy distinto y el progreso de Colombia se siente en todos los rincones, aunque los retos no dejan de ser los mismos: crecer la economía para generar más empleos formales y encontrar un sector de la producción (o varios) que le resten la dependencia del petróleo a las arcas nacionales.

De momento, para el cierre de este 2019, los relojes muestran una economía mucho más robusta que en los años anteriores: crecimiento esperado para el año de 3,6%, a la luz del Marco Fiscal de Mediano Plazo; una variación de los precios en torno a 3,5%; una tasa de cambio en promedio de $3.300; un déficit fiscal de menos de 4%, cercano al propuesto por la regla fiscal, y lo más preocupante, cerca de 2,3 millones de personas en busca de trabajo, pues el desempleo se ha resistido a regresar a un dígito; las explicaciones con muchas, como el bajo crecimiento de sectores como la construcción y el agro, y por supuesto, la llegada masiva de venezolanos a buscar mejores alternativas que en su país, destruido por un modelo económico nefasto.

Grosso modo, ese es el panorama de la economía al que nos enfrentamos; parece bien complicado, pero no, es mucho mejor de lo que la gente cree y es líder en la región si se compara con países similares del continente. Estamos seguros que con las políticas públicas adoptadas en el sector de la construcción por el Gobierno, la estabilidad en las tasas de interés, en 4,25%, y una dinamización del consumo obedeciendo el Índice de Confianza al Consumidor de cara al fin de año, las cosas se van a dar y el crecimiento prometido será de 3,6%; que no es el mejor y sigue siendo inferior al deseado, pero es bueno y se convierte en una “pica en Flandes” para el comienzo de la tercera década de este siglo. Ahora bien, hace casi un mes arrancó el segundo año de gobierno de Iván Duque con el imperativo de hacer unas reformas institucionales que sus antecesores han ido retardando como son una reforma laboral y otra pensional, dos iniciativas que de presentarse en el Congreso -tal como se espera- generarán convulsiones inesperadas en el sector privado, pues nuevas cargas pueden atentar contra los costos y el mismo crecimiento esperado. Hay que tener mucho cuidado con esos proyectos populistas que buscan crear nuevas primas salariales legales; recortar las jornadas laborales e incrementar más allá de lo competitivo el salario mínimo. Tal vez sea el momento de rodear los pactos por el crecimiento, pero con condiciones estables y seguridad jurídica.

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