viernes, 20 de marzo de 2020

El pánico colectivo puede bloquear la economía ya afectada por externalidades, el dinero debe fluir para pagar salarios y pensiones, además de mantener el funcionamiento institucional

EditorialLR

De esta crisis sanitaria con graves coletazos económicos se va a salir tarde o temprano, pero cuando suceda ese nuevo amanecer económico, las cosas van a ser muy distintas. Temas tan básicos como ir a la universidad, al colegio, a la empresa o la oficina, serán actividades un poco obsoletas o cosas del pasado, la sociedad virtual es una realidad inatajable, pues pocos cambios tan disruptivos en la historia habían logrado un período de prueba tan grande como el que le ha dado a la conectividad el Covid-19. En pocas palabras, el virus venido de China logró la transformación digital de que tanto se había hablado con la cuarta revolución industrial.

Los jefes “baby boomers” o “generación X”, acostumbrados a ver a sus subordinados apilados en cubículos bajo su mirada inquisidora están mandados a recoger. El coronavirus mató las reuniones innecesarias, los desplazamientos improductivos y desatascó el tráfico de ciudades como Bogotá, Cali o Medellín. Es el amanecer de una nueva economía mucho más productiva, pero durante esta transición no se puede frenar, que no es lo mismo que detenerse. Un país puede frenar, ir más despacio durante una determinada situación, pero no detenerse en el camino de la transformación: es un cambio de época, al tiempo que una época de cambio.

Hay que negarse a que este momento nos convierta en víctimas de la histeria y que este estado social de miedo tenga consecuencias económicas que pueden ser mucho más duraderas, dramáticas y mortales que el mismo Covid-19, virus al que se le encontrará una vacuna o se tendrá bajo control en las próximas semanas o meses, solo es cuestión de tiempo, pero el daño que se le haga al sector productivo del país no puede tener reparación. El Gobierno debe ser muy consciente que empresa que cierre y despida sus empleados va a ser muy difícil remplazarla y que el daño a las finanzas personales de socios y empleados encadenará más problemas a los fondos de pensiones o al sistema financiero.

De nada sirve cerrar todo para deshacerse del virus si con esto no se evita la quiebra de las empresas y la recesión económica. Hay que frenar la propagación de la epidemia de coronavirus, pero no detenerla, con el objetivo de lograr la inmunidad comunitaria, tal como lo están haciendo países como Gran Bretaña y Suecia que se separan en sus medios del resto de una Europa sumida en la peor tragedia desde la Segunda Guerra Mundial. Todo parece indicar que Boris Johnson intenta frenar la epidemia, no detenerla, bajo la creencia de que “muchas personas enfermarán, muchas se sentirán enfermas, pero casi todas se recuperarán” y la economía debe seguir su marcha. Acude a una suerte de “inmunidad comunitaria: una fase en donde una gran proporción de la población ha contraído la enfermedad y ha sido inmunizada, pero la inmunidad no se transmitirá a quienes no la hayan tenido. El propósito es hacer que esto suceda en los meses de verano, antes de la instalación del próximo invierno (...) El plan es lograr la inmunidad comunitaria a un nivel que proteja a los vulnerables”, una visión polémica pero distinta a los ojos de la agencia Bloomberg.

Es un imperativo para los gobiernos dar tranquilidad sanitaria y proteger a los más necesitados de sus países, al tiempo que es necesario tomarse en serio y hacer consciencia sobre la importancia de no dejar que la economía se estacione en medio del pánico.

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