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EDITORIAL Gasto público, ‘jalonador’ del crecimiento
sábado, 19 de enero de 2013
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Un recorrido por las vías en obra plantea dudas sobre la mera construcción de las llamadas dobles calzadas

Un recorrido por las vías en obra plantea dudas sobre la mera construcción de las llamadas dobles calzadas

 
Los resultados recientes de la economía muestran un  debilitamiento de los sectores que han respondido por la dinámica productiva, como la industria y la agricultura. Asunto que merece una evaluación del modelo de desarrollo, dado el agotamiento estructural de esas actividades. Pero la preocupación de la evolución económica en los próximos dos años va más allá. Los sectores minero y petrolero, que hasta el primer semestre de 2012 respondieron en forma importante por el crecimiento, desde el último semestre han tenido una fuerte desaceleración resultado de la combinación de varios factores, como una caída en los precios, caso del carbón, y de que la producción de petróleo no va a tener el aumento que registró en años anteriores.
 
En esos términos, la pregunta que surge resulta obvia: ¿cuáles serán las fuentes de crecimiento de la economía, dadas las limitaciones anteriores y la poca capacidad de reacción de la economía internacional por la crisis que afronta? La política económica de Santos ha puesto los ojos en el gasto público como el factor anticíclico y en particular el dirigido hacia la infraestructura, lo cual es coherente con la necesidad de superar el retraso que en este frente tiene el país, y sin cuya superación es imposible mejorar los indicadores de productividad y competitividad.
 
En la concepción de esta política no puede haber cuestionamiento alguno, mas sí debe tenerse mucho cuidado en creer que todo el gasto público, así se le llame de inversión, produce el mismo impacto sobre la economía. Por ejemplo, no es sustentable afirmar que la construcción de 100.000 viviendas gratis será un “jalonador” de la economía. Su objetivo tiene un sentido social, mas no se puede esperar un impacto productivo. La inversión pública en infraestructura física la necesita el país, pero hay que tener claridad en la política, pues sería triste que con los escasos recursos se repitieran errores del pasado, como el mismo Plan 2.500 cuyos resultados no resisten una evaluación seria. Un recorrido por algunas de las vías proyectadas y en construcción, lleva a plantear dudas sobre la estrategia sustentada en la mera construcción de las llamadas dobles calzadas. 
 
Por ejemplo, en el caso Bogotá-Villavicencio, ¿dónde debería ponerse primero la atención: en la construcción de una nueva vía o en la solución del modo de transporte de crudo para el cual la carretera es ineficiente? ¿No debe ser prioridad la salida de Bogotá a la conexión con la costa norte, antes que los trayectos no montañosos? ¿Tiene alguna explicación que los dos puertos más importantes del Caribe, Cartagena y Barranquilla, no estén conectados por vía férrea con el interior del país? ¿Tienen sentido dobles calzadas con las grandes limitaciones en los viaductos sobre el río Magdalena, como ocurre en Puerto Salgar y en Girardot?
 
Los proyectos de infraestructura no solo deben planearse y diseñarse para una buena ejecución, sino que el país debe tener claridad acerca del modelo a seguir. Una discusión que está en mora de hacerse con seriedad.
 

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