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Es el momento del sector agroindustrial
EDITORIAL

Es el momento del sector agroindustrial

martes, 18 de agosto de 2026

Es el momento del sector agroindustrial

Foto: Gráfico LR

El sector agropecuario y agro industrial deben mutar de ser una triste quimera a una realidad de progreso actual, no esperar a ser algún día la despensa del mundo

Editorial

Los gobernantes de turno nunca le han prestado verdadera atención a la producción agropecuaria y agroindustrial del país. Durante sus campañas a mandatos locales, regionales o centrales, siempre prometen proyectos que no cumplen; ante esto, los pequeños, medianos y grandes empresarios del campo simplemente se resignan a las mentiras de cada cuatro años. Aunque el sector aporta más del 10% del PIB, con una cifra cercana a los $200 billones, su dinámica ha estado estancada durante décadas, quizás frenada por más de un siglo.

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Gráfico LR

La oferta exportable sigue concentrada en café, frutas y flores, sin que se haya logrado desarrollar nuevos cultivos de exportación que generen empleos formales y una mayor contribución económica. A diferencia de lo que ocurre en otras naciones, en el país no hay grandes empresas multilatinas agroindustriales que incursionen en el mercado regional con epicentro en Colombia. Por el contrario, hay docenas de firmas de Brasil, Perú, Chile o Estados Unidos que sí ven en el campo local una plaza estratégica desde la cual crecer.

Desde hace mucho tiempo se repite como un mantra que el campo colombiano puede ser la “despensa del mundo” y que el futuro está en el agro; sin embargo, pasan las décadas y esa ilusión se torna en una simple quimera. La principal razón de que el sector agropecuario no sea más grande y competitivo es la inseguridad que mantiene capturado al campo desde hace 70 u 80 años. Los productores siguen siendo el blanco de secuestros, asesinatos y, ahora con mayor fuerza, de la extorsión.

A esto se suma que la infraestructura es precaria, no hay servicios públicos eficientes ni acceso a la tecnología, y lo peor es la falta de interés político en desarrollar distritos de riego, centros educativos, clínicas u hospitales rurales. Todo este abandono ha provocado el éxodo de los jóvenes hacia las ciudades, haciendo palpable la escasez de mano de obra y la falta de relevo generacional entre los emprendedores del campo.

El problema de fondo es la ausencia de políticas públicas que trasciendan los gobiernos de turno; no existe el interés de diseñar políticas de Estado que comprometan a la sociedad con el desarrollo agrario. Los sectores populistas se centran en la pugnacidad para ahondar en el debate sobre la tenencia de la tierra -un conflicto digno del siglo XIX-, olvidando que hoy la clave está en la competitividad, la tecnología, el mercado y el acceso a la financiación.

De nada vale que a una familia le entreguen dos o tres hectáreas de tierra si no cuenta con un soporte integral de producción; sin un encadenamiento asociativo o cooperativo, esto es una condena a la pobreza. Por otro lado, el Ministerio de Agricultura padece de una burocracia improductiva: un entramado de agencias que no coordinan soluciones reales, junto a entidades científicas y técnicas capturadas por el clientelismo que las ve como fortines políticos. Si la administración de Abelardo de la Espriella quiere pasar a la historia por su revolución agropecuaria, debe reestructurar el ministerio bajo un esquema mucho más eficiente y orientado a resultados.

Finagro y el Banco Agrario deben ser más agresivos en sus planes de financiación, reforzando los seguros agropecuarios para proteger cultivos, animales y proyectos innovadores, permitiendo así que nazcan los “emprendimientos unicornio” que el país necesita. Colombia tiene el potencial y los recursos naturales para marcar la diferencia frente a sus vecinos, pero aún falta en el panorama político un catalizador que lo haga posible.

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