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EDITORIAL

El optimismo avanza en el cierre de 2020

sábado, 3 de octubre de 2020

Uno de los mejores indicadores para hacerle el seguimiento a la economía es la tasa de desempleo que está mejorando a buen ritmo muy a pesar que las cosas aún no son normales

Editorial

El pasado agosto se registró una tasa de desempleo de 16,8%, 6 puntos porcentuales más que en el mismo mes del año pasado, cuando el índice llegó a 10,8%, pero mucho menos que en julio cuando superaba 20,2%. Si bien lo correcto en estadística macroeconómica es comparar meses iguales, por obvias razones de la pandemia y de las cuarentenas, este año es más indicado ir mes a mes, pues comparar con cualquier otro año este nefasto 2020 sería sesgar el análisis.

Si al buen dato del desempleo se le suma el ritmo que están tomando la confianza del consumidor, del productor, el nivel de las tasas de interés y la inflación controlada, todo puede confabularse para que el final del año sea mucho mejor de lo esperado y que el mal pronóstico de que el PIB caerá entorno a 8%, se reduzca al menos un par de décimas, dejando en un buen nivel el arranque de 2021, año que todos señalan como mejor y le apuestan a un crecimiento superior a 4%.

Pero las cifras no llegan solas, no aparecen por generación espontánea, son producto de visualizar el comportamiento diario de cada uno de los sectores económicos que tienen tiempos muy distintos. Para que la economía sostenga la caída en el desempleo, el consumo se reactive y entren al torrente económico los sectores que aún están por fuera de la normalidad -educación, transporte y entretenimiento- se necesita que las autoridades locales hayan asimilado que el daño económico o los estragos de la pandemia pueden ser peores que la crisis sanitaria.

Convivir con el covid-19 es un asunto que se debe dar por aceptado, pues van a pasar varios meses más hasta que haya humo blanco en el desarrollo de las vacunas científicamente probadas; no se puede hacer mucho más que mantener el distanciamiento social, el control de las aglomeraciones, las multitudes y el miedo a las superficies. La normalidad no va a regresar tal y como era asumida antes de marzo de este año, las cosas serán diferentes y muchos sectores tendrán que asimilar muy rápido que así serán los meses venideros.

El optimismo es un artículo de difícil venta cuando la incertidumbre se ha instalado en la formación de la opinión pública, gracias a que Colombia es uno de los países con más contagios del mundo y que casos sonoros como la afección del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ad portas de las elecciones por la Casa Blanca, golpea los mercados, dispara e dólar y hace caer el petróleo.

El punto es que la economía doméstica, en su estricto sentido, ha demostrado tener un valor enorme en la fortaleza del país y lo que los contemporáneos llaman “resiliencia”; Colombia es un país de regiones fuertes de economías productoras y no dependientes que hoy gozan de dinero barato, baja inflación y una clara reactivación de la demanda.

Lo único que se necesita para que Colombia vuelva a ser el país que más crece en la región, que tenga un desempleo de un dígito y florezca el emprendimiento como motor de nuevos puestos de trabajo formales, es que florezca el sentimiento de derrotar esta adversidad entre todos y aislar esas voces populistas cuyo mantra es que “el caos nunca muera”, hay ganadores en cuando el desempleo crece, la inflación es alta y el consumo está estancado, esos ganadores propagan el pesimismo para vender miedo, conseguir puestos de poder en los gobiernos y eternizarse en los cargos públicos.

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