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EDITORIAL

El abuso de la protesta la está desgastando

viernes, 11 de octubre de 2019

Las marchas sociales no han sido exclusivas de ningún gobierno, siempre se han realizado y muchas han generado cambios estructurales, pero el abuso de este derecho mata el ejercicio

LR

Desde hace algún tiempo, Colombia vive en modo protesta, un derecho legítimo que tienen todas las sociedades y que poco a poco se está volviendo parte del paisaje nacional por el abuso desmedido de las constantes convocatorias a marchar por cualquier circunstancia. La situación tiene dos salidas a primera vista: o se desgastan hasta perder el interés por parte de los actores o se tornan más violentas para alcanzar los objetivos de llamar la atención a cualquier precio. Ojalá el desenlace sea el primero, aunque también hay una tercera vía -la más adecuada- y es que se ponderen las convocatorias y que solo se hagan cuando haya razones de pese de por medio.

Colombia en estos momentos no atraviesa la caótica situación del vecindario; no es Argentina, Venezuela, Ecuador o Perú, países que experimentan una situación social delicada ocasionada por sus distintas crisis sociales, pero ante todo económicas. Colombia tiene mejor comportamiento económico, muy a pesar de albergar a casi dos millones de venezolanos que han logrado escapar de su modelo económico en ruinas para sobreaguar sus necesidades en un país como el nuestro, que brinda mayores oportunidades laborales informales. Pero lo que más diferencia a Colombia de los países en mención es que el sector productivo sigue desempeñando sus roles y funciones; pagando impuestos; generando empleos formales y haciendo inversiones. Nuestra clase empresarial y financiera nunca ha salido corriendo de las adversidades y siempre ha apostado por el país, algo que brilla por su ausencia en el vecindario, que ha caído en crisis por la diáspora de capitales a mercados más seguros. Si se observa la situación actual de América Latina, en especial la Alianza del Pacífico, solo Chile y Colombia gozan de una estabilidad sostenida por el sector privado que mantiene sus compromisos con las economías domésticas, muy a pesar de los problemas. No obstante, lo importante es identificar que hay fuerzas abiertas que intentan anexar a Colombia a un vecindario convulsionado para que las ideas populistas tengan el deseado caldo de cultivo en donde germinar.

La protesta social es legítima y necesaria porque exige a los gobernantes afinar las políticas públicas, apurar la inversión social, más allá de los consejos de los tecnócratas, pero se pierde cuando hay más jornadas de paros, marchas y movilizaciones que días laborales normales. Lo que pierden las grandes capitales con las innumerables manifestaciones es enorme, no solo en términos de competitividad, sino en la economía local. Un almacén o tienda de barrio cerrados no venden y si no hay ventas no hay empleos; una calle colapsa, sin movimiento no tiene competitividad; y una ciudad traumada en su capacidad de producir y exportar no puede pagar los impuestos para hacer inversiones públicas. Es el ciclo básico de producción de una economía para generar riqueza pública y privada, las bases fundamentales para tener bienestar y lograr desarrollo.

Colombia está llegando al punto máximo de desgaste de la protesta social; hay una marcha o paro cada dos días desde hace casi año y medio si se suman las convocadas por maestros, indígenas, estudiantes, transportadores, campesinos, cafeteros, funcionarios, etc. Ojalá haya un principio de tolerancia y no se caiga en protestar por protestar para terminar afectando el sistema productivo del país.

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