sábado, 20 de junio de 2020

No se discute que el comercio debe reactivarse cuanto antes, pero lo mínimo es el autocontrol de los consumidores y no juzgar a los gobiernos por la irresponsabilidad de muchas personas

EditorialLR

El cuento de los días sin cobro del impuesto del IVA es herencia de la última reforma tributaria que introdujo esa gabela para reactivar el consumo de los hogares; pero cuando llegó la pandemia con su cuarentena el Gobierno Nacional decidió adelantar esas jornadas y realizarlas ayer, 19 de junio, el 3 de julio y el 19 de julio, próximos. Todo sobre el papel queda muy bien y por lo general se olvida que una cosa es “Dinamarca y otra muy distinta Cundinamarca”, como reza el adagio popular.

Tanto los comerciantes como los consumidores se quedaron cortos al hacer la prospectiva de lo que sucedería cuando se hiciera efectiva, con bombos y platillos, la posibilidad de compras de electrodomésticos (entre otros) más baratos que de costumbre. Las pasadas 24 horas fueron la muestra fehaciente de que la indisciplina social y la voracidad de muchos comerciantes inescrupulosos no tienen límites y que rozan con lo suicida.

Ni a los consumidores ni a los comerciantes les importó que el país está cabalgando en las cifras más altas de contagios de covid-19 y de muertos diarios; a nadie le importó, ni las autoridades dan abasto para hacer que los protocolos de seguridad se cumplieran a cabalidad por el bien de todos.

Puede ser que el logro sea que los “negocios” se movieran y que el día de ayer fuese el comienzo de la reactivación económica, pero la enseñanza es que aún los colombianos que habitan las grandes ciudades no están preparados para el autocuidado y la responsabilidad por el distanciamiento social, que dicho sea de paso es la única vacuna probada, no solo contra el coronavirus, sino contra cualquier otra enfermedad de transmisión directa.

Queda sustentado que al país le falta la cátedra de civismo, de respeto, de cuidado que en otros lugares brilla. Los gobiernos locales, regionales y el central ya hicieron lo suficiente para ayudar al consumo de las familias, por sensibilizar sobre el peligro de un rebrote del virus, pero se ha puesto en evidencia que al país le falta trabajar en el respeto por las instituciones blandas y duras.

Blandas las que están interiorizadas en la cultura, en la sociedad, en su educación familiar y formal, como es pasar una calle por la cebra, respetar un semáforo, no llevarse nada que no sea propio, respetar el turno en una fila, sobre todo, entender que los derechos de las personas llegan hasta donde comienzan los derechos de los demás, tal como es la seguridad sanitaria.

Nadie puede exponerse al contagio ni contagiar a los demás, pero esas “instituciones blandas” del fuero personal se pasaron por la faja tras más de 100 días de cuarentena con la ilusión de comprar con descuentos de 19%. Al mismo tiempo se desnudó la falta de compromiso de muchas grandes empresas a las que solo les importó vender en cantidades, antes que proteger la salud de sus clientes.

Ahora la pelota está en manos de la Superintendencia de Industria y Comercio que debe tomar carta en el asunto y revisar qué comerciantes subieron los precios, quiénes no adoptaron los protocolos de sanidad previstos y cómo funcionaron las reglas de compras y de pago electrónico.

Faltan dos días más en los que el aprendizaje de ayer será el punto de partida, pero también dos ocasiones para reflexionar sobre el comportamiento social que no puede ser noticia por el caos, sino por la disciplina y el respeto de las normas que forman una sociedad más desarrollada.

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