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ANALISTAS Jorge Hernández Restrepo
domingo, 23 de febrero de 2014
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Venimos hoy a la sede del Instituto Julio C. Hernández en peregrinación de recuerdos, de gratitud y de reconocimiento al fundador, al familiar, al amigo, al jefe, al gran ciudadano y al hombre que encarnó las virtudes, ya muy escasas de un antioqueño clásico.

Tuve el privilegio de contar con su amistad y de acompañarlo en muchas de sus aventuras vitales, particularmente y para mi honra, en el inicio y desarrollo de la obra que dejó para la posteridad: la Fundación Julio C. Hernández.

No es fácil trazar un retrato de Jorge Hernández, pues sus múltiples facetas hicieron de él un personaje de muchas dimensiones: Bien puede recordarse su inicio profesional lleno de esfuerzo y seriedad como ingeniero de las Empresas Públicas de Medellín. Posteriormente su paso trascendente en el periódico de Antioquia al cual dedicó con disciplina, rigor e inteligencia, la parte más productiva de su existencia y donde continuó el legado de sus mayores, actuando siempre con dignidad, tolerancia y como un visionario empresarial.

Finalmente y para coronar su misión, rescató del olvido y de la extinción al periódico La República, convirtiéndolo en el gran diario económico del país. Su generosidad de espíritu lo llevó a integrarlo a El Colombiano, para así engrandecer la obra periodística que representa la unión o binomio que hoy conocemos. En este largo ejercicio empresarial siempre fue notorio su buen trato y comprensión no solo con sus pares sino con sus subalternos, como una impronta permanente.

Su afecto por el campo hizo parte de su alma, Jorge disfrutaba y sufría el sector rural colombiano, al cual dedicó muchas de sus ilusiones y ejecutorias, tanto en sus empresas como en los gremios y en la creación de la más importante separata periodística del sector agropecuario publicada desde hace años por La República.

Jorge Hernández no fue ajeno a la política, actividad a la cual llegó más por obligación cívica que por gusto personal. Esa no era la tarea a desarrollar para una persona tan bien intencionada, desprendida y soñadora. No obstante, en el Concejo de Medellín, en el Senado de la República, y en la Comisión Nacional de Televisión, dejó su estela de trabajo y de decencia, sufriendo en alguna ocasión el dolor y los sinsabores de la injusticia, lo cual afrontó y superó con su tradicional decoro.

Este personaje fue un ejemplo de amistad, entendiendo por ella la entrega sin cálculos de riqueza, de interés, de ideologías o de caracteres. Hizo de esta una de sus más bellas virtudes humanas, un decálogo constante en su obrar. Lo puedo afirmar con creces a través de décadas de cercanía.

Antioquia fue para Jorge Hernández, conocedor de ella como nadie, uno de sus grandes amores y preocupaciones. Quiso que el conocimiento de la misma quedara gravado en una obra que dirigió personal y apasionadamente, la cual se condensó en una publicación de la Fundación Julio C. Hernández. Esta reseña o monografía conocida como “Antioquia Vibra”, sin duda es el más importante texto que se haya escrito sobre la historia y geografía de nuestros municipios, herramienta de sin par utilidad para la divulgación de nuestro ser regional. En realidad Jorge, por su forma de ser, por su coraje, decisión, franqueza y rectitud, fue un verdadero prototipo de la antioqueñidad.

Sus afectos familiares nunca conocieron de claudicaciones, por eso tuvo como retribución vital la muerte del justo, acompañado por Lía, Jorge Andrés, Juan Carlos, Ricardo y sus nietas. Su sentido familiar fue muy amplio, pues al constituirse en el gran guía del tronco familiar de los Hernández, hizo de Páter familia de sus hermanos, sobrinos y demás consanguíneos y afines, que  tuvieron siempre en él un consejo, un apoyo, un referente, un ejemplo.

En el atardecer se consagró a la obra de la Fundación Julio C. Hernández, la cual favoreció su entorno familiar, a muchos integrantes de los dos periódicos y a jóvenes de las comunas de Medellín.  Sin embargo quiso que la obra que presidía tuviera una mayor proyección a la comunidad a través de un singular proyecto educativo. Pocas pueden ser las ponderaciones para dimensionar el empeño que tuvo para sacar adelante la que él consideraba una respuesta a la mayor necesidad regional y nacional, como lo es la educación campesina, que, por su trasunto existencial, conocía como una de las mayores falencias del país. Fue incansable en la investigación, en el análisis y en la búsqueda de apoyos y alianzas para que fuese realidad este vehículo de transformación de uno de los sectores más olvidados y de unos colombianos casi sin esperanza.

Quiso Dios, de quien fue creyente hasta el final, premiarlo con su presencia en el acto de la primera graduación de alumnos de este instituto, ceremonia realizada a finales del año anterior, la cual recordamos los asistentes como una jornada pletórica de contenido espiritual, que fue, sin duda, una merecida medalla a su quehacer apostólico. Sin poder afirmar que es una obra consumada, bien puede afirmarse que este, su propósito educativo ya es una irreversible realidad.

Este simbólico acto por el cual la familia, seguramente interpretando los deseos de Jorge, deposita sus cenizas al lado de uno de los emblemas regionales, el Rio Cauca, en los predios de la Fundación Julio C. Hernández, nos llena de sentimientos de tristeza por su ausencia pero a la vez de alegría, animo y aliento para continuar con el legado que deja Jorge Hernández Restrepo.