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ANALISTAS Colombia, país ingrato
jueves, 25 de septiembre de 2014
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El intento de asesinato del Libertador Simón Bolívar, ocurrido el 25 de septiembre de 1828 en Bogotá, el hombre más grande que ha pisado estas tierras, fue liderado por colombianos, entre ellos, el general Francisco de Paula Santander, figura como una de las más viles páginas de la historia de la ingratitud universal.  Esto le minó su salud y su espíritu de lucha. Bolívar falleció en Santa Marta huyendo de Colombia, como lo narra magistralmente Gabriel García Márquez en su libro titulado el General en su laberinto. Este atentado contribuyó a la desintegración de la Gran Colombia. 

El presidente Marco Fidel Suárez, colombiano ejemplar por su honestidad, erudición y limitados recursos económicos, fue víctima de una persecución obsesiva liderada por Laureano Gómez, muy similar a la obsesión del senador  Iván Cepeda contra el presidente Álvaro Uribe para inculparlo de paramilitarismo. Recordemos aquella demoledora frase de Suárez: “Doctor Gómez, recuerde usted que los toros de lidia no sirven para arar”.  Lo mismo podemos repetirle hoy al amigo de las Farc, senador Cepeda. 

Estoy de acuerdo con quienes consideran que el problema clave de Colombia es el narcotráfico en todas sus formas: Farc, ELN, paramilitares, bandas criminales… El paramilitarismo surgió en Colombia como consecuencia de la debilidad de los gobiernos para defender a sus ciudadanos frente a unas Farc que pretendían tomarse el poder por medio de las armas, como Fidel Castro, y apoyados por la Unión Soviética durante la Guerra Fría.  Tanto las guerrillas como los paramilitares se tornaron narcotraficantes para financiarse y fortalecerse militarmente en sus luchas entre sí o contra el Estado y la población.   

Cuando el presidente Álvaro Uribe asumió la presidencia, el frente Manuel Cepeda, así designado en memoria del padre del senador Iván, Bogotá estaba sitiada por este grupo.  Recordemos las bombas durante la posesión de Uribe. Nuestros pacifistas miopes ya recomendaban desde entonces negociar con espíritu de sumisión. 

El ‘paramilitar’ Álvaro Uribe reforzó y reorganizó las Fuerzas del Orden con su impuesto al patrimonio. Llevó los soldados campesinos a los 168 municipios del país que carecían de autoridades y obligó a los cabecillas de las guerrillas a refugiarse en Venezuela y Ecuador.  Extinguió el dominio sobre 100.000 hectáreas de propiedad de narcotraficantes y redujo el área cultivada de 145.000 a 70.000 hectáreas. Las Farc pasaron de unos 20.000 combatientes a unos 7.000 aproximadamente. 

Coincido con quienes afirman que el poder del Estado bajo Álvaro Uribe obligó a 16.000 paramilitares a entregar sus armas y a desmovilizarse sin exigir reformas institucionales absurdas como las que figuran en el preámbulo de los cinco puntos de La Habana. Se mencionan otros 16.000 amigos de los paramilitares, desarmados,  que se deben adicionar a los anteriores.   Los jefes paramilitares fueron extraditados y ahora tratan de vengarse con sus declaraciones falaces. 

Tras leer los párrafos anteriores salta a la vista tanto la ingratitud de los colombianos, como la hipocresía de ciertos políticos que tachan a Uribe de paramilitar, habiendo estado algunos de ellos en el Gobierno  durante las décadas anteriores, apoyados por los dineros del narcotráfico.