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En los despachos de Dearborn ningún directivo pronunciaba correctamente el nombre del municipio de Almussafes, al otro lado del Atlántico. “Al-miu-sa-fis”, acertaban a decir en sus reuniones en el cuartel general de la firma, a las afueras de Detroit.
Casi 40 años después, el presidente y consejero delegado de Ford Motor Company, Mark Fields, vocaliza con claridad Almussafes y prácticamente calca aquel discurso de Ford II en los 70. Hace un mes y medio se dirigió en un voluntarioso castellano a los 6.000 trabajadores de la planta para refrendar el compromiso adquirido hace casi cuatro décadas.
Vino a certificar la inversión de US$2.600 millones, en los últimos cuatro años, que la producción aumentaría 40% para este ejercicio y que saldrían relucientes 450.000 automóviles para 2016, entre los que se encontrarán los nuevos modelos de Mondeo, S-MAX y Galaxy, confiados desde este año a la fábrica valenciana. Hoy 80% de sus vehículos viaja por las carreteras de 75 países. Clausuradas las dos plantas de Reino Unido y también absorbida la producción de Genk (Bélgica), Almussafes se ha convertido en el ojo derecho de Ford.
“Fuimos la primera marca en democratizar el diseño atractivo y popularizamos una excelente dinámica”, dice Jim Farley, vicepresidente ejecutivo y presidente de Ford para Europa.
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