viernes, 21 de diciembre de 2012
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Ángel Unfried

En 2002, un director brasileño llamado Fernando Meirelles golpeó el mundo del cine con un hermoso e impactante retrato de las favelas cariocas. “Ciudad de Dios” contaba la historia paralela de dos jóvenes en medio de la violencia, las drogas y el fútbol, en uno de los sectores más deprimidos de Brasil.

El éxito del filme abrió a Meirelles las puertas de Hollywood, grandes presupuestos y repartos estelares: “El jardinero fiel” (2005), una balada cálida que denuncia los abusos de las farmacéuticas en África; “Ceguera” (2008), una ambiciosa pero débil adaptación de la novela de Jose Saramago;  y “360”, estrenada este año.

En 1999, los hermanos Lana y Andy Wachowski lograron que la Warner Bros les confiara una superproducción a pesar de ser casi principiantes. Se llamó “The Matrix”, una versión del viaje del héroe que esta vez salva a la humanidad sin alejarse del teclado del computador. El evangelio de Neo según Morpheus recaudó más de 200 millones de dólares y se convirtió no solo en un nuevo clásico de acción, sino en una referencia cultural para toda una generación. Después, los Wachowski harían otras dos “Matrix”, pésimas y extravagantes. En 2005, estrenarían “V de Venganza”, optimismo revolucionario adosado con la belleza babeable de Natalia Portman; “Meteoro”, en 2008, y “Cloud Atlas”, este año.

Al enfrentar los afiches y ver los tráilers, las últimas películas de Meirelles y los Wachowski podrían parecer tan alejadas, como el resto, de los éxitos en el inicio de sus trayectorias. A simple vista, “360” parece un drama romántico contemporáneo, plagado de personajes solitarios en busca del amor verdadero; música lenta, exteriores urbanos y amaneceres sobreexpuestos. La de los Wachowski, “Cloud Atlas”, parece una trascendental historia del tiempo, en la cual la ciencia ficción es solo un lenguaje para abordar el universo; vestuario de todas las épocas, un megarreparto megamaquillado, efectos especiales, tres horas y media, cien millones de dólares, plop.

Sí, eso parecen, y más o menos eso son. Sin embargo, tienen mucho en común; ante todo: exceso de vacío.

De Eslovaquia a Phoenix, del siglo XIX al XXIII, de la tierra al espacio, de feudos esclavistas a restaurantes de comidas rápidas en el futuro. Un violador arrepentido, una editora de moda, un gángster. Un escritor, un compositor, un esclavo, una mesera redentora… Mezclarlas indistintamente solo duplica lo que ya es cuádruple. Sobre la historia no hay mucho por decir: no es una sola, son muchas parecidas.

Lejos de sus primeras películas –que no escatiman en detalles para desarrollar a fondo el argumento y los personajes–,  la ambición por abarcar y trascender acaba convirtiendo “360” y “Cloud Atlas” en construcciones de piezas inconexas, regadas a lo largo de ciudades o tiempos, y sostenidas por un superficial mensaje edificante. “La vida es una sola, ¿cuántas oportunidades nos quedan?”, “¿Acaso no es el océano un conjunto de gotas?”.

¿De qué tratan realmente estas películas? ¿Quiénes son en el fondo esos personajes? ¿Qué tienen que ver unos con otros? Las respuestas están escritas con mayúsculas en las piezas promocionales. En “360”, todo viene en círculos. En “Cloud Atlas”, todo está conectado... Sí, todo está conectado: como la invención de la butifarra y la caída del Muro de Berlín, como los ojos de una caleña y la construcción de la pirámide de Keops, como todos los amores, todas las guerras y todas las bandejas paisas de este mundo y los otros.

Y mientras caemos embelesados en esa trampa de conexiones artificiales, personajes de plastilina y frases paulocoehlianas, las cámaras recorren el espacio y el tiempo en un derroche hipnótico de dólares y estulticia.

No todas las megaproducciones son pretenciosas y huecas, y es un falso orgullo hacer las cosas pobremente. Lo que hace excepcional a “Ciudad de Dios” no es su presupuesto limitado, sino sortearlo con calidad. Para hacer cine, es mejor tener mucho que tener muy poco. Pero también es mejor aprovechar lo que se tiene que pretender llenar el vacío con excesos.

En un país pobre como Colombia, donde el cine se hace con las uñas y los recursos del Estado apenas comienzan a ser tímidamente invertidos en el crecimiento de una industria todavía incipiente, vale la pena recordar que mucho no siempre es más, y que al contar con presupuestos limitados las buenas historias tienen más posibilidades de superar la prueba del tiempo y de llenar realmente el vacío.