jueves, 4 de julio de 2019

Fue asesinado hace 25 años, el 2 de julio de 1994 en Medellín. Un hecho demencial protagonizado por un pistolero al servicio de un grupo de embravecidos fanáticos

César Mauricio Velásquez O.

Cuando le quitaron la vida, Andrés Escobar tenía 27 años, promesa de matrimonio, posibilidades de ir al fútbol italiano y calidad futbolística y humana. Era “El Caballero de la Cancha”, uno de los jugadores más queridos en Colombia.

El autogol que marcó en el partido contra Estados Unidos y la posterior eliminación del Mundial le carcomían la cabeza. Nunca pensó que esto le costaría la vida.

Fue asesinado hace 25 años, el 2 de julio de 1994 en Medellín. Un hecho demencial protagonizado por un pistolero al servicio de un grupo de embravecidos fanáticos que le reclamaban por el autogol.

La noticia anticipó el amanecer de un país que no comprendía nada de lo ocurrido. Hubo investigaciones y detenidos. El que disparó fue condenado a 40 años de cárcel, luego a menos y al final a 12. Burlas. Tramposos en el juego y en la mesa. Pero sobre estos no vale la pena decir más. Mejor conocer algunas historias de vida de “El Caballero de la Cancha”.

“Yo juego porque me gusta. El día que no me provoque y que no lo haga con alegría, ese día no trabajo más. Me gusta entrenar, me gusta trabajar, me gusta divertirme. ¿Cómo me divierto? Pues tocando el balón, no pegando patadas, ofreciendo un buen espectáculo a la gente que va a los estadios. Este es mi trabajo”.

Fue generoso con lo que tenía. Sin hacer alardes públicos de caridad, destinó dinero para becas de estudiantes necesitados. En febrero de 1994 llamó al rector del colegio donde había estudiado, el San José de Calasanz, y le ofreció un donativo. “Quiero ayudar a los muchachos más pobres para que puedan estudiar. No es necesario que ellos sepan quién les ayuda ni tampoco quiero saber a quiénes. Y no es necesario que las becas sean para los mejores estudiantes”.

No ayudaba con la intención de tranquilizar la conciencia y quedar como un famoso generoso, ¡no!. Poseía el sentido de la caridad que aprendió de la familia; la caridad cristiana que supera lo material y da tiempo y comprensión. Así quedó en evidencia con las visitas y ayudas que brindó a unos ancianos en un albergue de Medellín. Su hermana María Ester contó que “allí lo recuerdan por su sonrisa y por un televisor que regaló cuando esos viejitos nada tenían”.
Unos meses antes del Mundial del 94, una reconocida agencia de publicidad de Colombia le propuso un negocio: ser el modelo para exhibir ropa interior de una marca famosa. Le ofrecieron una buena suma de dinero, difusión en todos los medios y exclusividad. Andrés escuchó la propuesta y pidió tiempo para pensar y definir. Los publicistas se sorprendieron ante la petición, pues una oferta como esta nadie la piensa dos veces. Andrés sí. “Yo no encuentro mucha relación entre los pantaloncillos y el fútbol. Además, no quiero aparecer por todo el país en ropa interior”.

A las pocas horas rechaza la oferta, pero los publicistas insisten y llegan a un acuerdo: aparecer como jugador profesional de fútbol con el uniforme de su equipo, el Atlético Nacional. El tema quedó resuelto. Andrés aparece luciendo el uniforme verde y blanco de su equipo y sentado en un balón, sereno y sonriente. La campaña fue exitosa.

Estas actividades y contratos no le distraían de sus objetivos profesionales, ni le alteraban su personalidad. Su objetivo siempre estuvo focalizado en el fútbol. Un empeño que lo llevó a superar muchos obstáculos, entre ellos, varias lesiones.

En febrero de 1993, en el estadio de Medellín, en un partido de Copa Libertadores de América contra el Flamengo de Brasil, sufrió una grave lesión de rodilla que lo dejó fuera de toda actividad y de históricos partidos, como el triunfo 5 a 0 contra Argentina. Su ansiedad por estar bien y volver a jugar, lo llevó a cumplir jornadas intensas de terapias y esto le generó tendinitis.
Su historia clínica está llena de caídas en momentos definitivos. El 16 de diciembre de 1989, horas antes de la final de la Copa Intercontinental de Clubes en Tokio, se lesionó en el entrenamiento. Sufrió un esguince de segundo grado. El técnico lo retiró de la formación titular, pero él insistió: “Tengo que jugar, déjeme jugar”. Era la final con el Milán.

El médico le aplicó una inyección que le quitó el dolor por una hora y media, suficiente para jugar todo el partido, pero el encuentro se alargó y tuvo que seguir jugando casi media hora más con fuertes dolores. El partido lo perdieron en el último minuto con un tiro libre del italiano Evanni.

Su capacidad de aguante lo llevó a perseverar en la meta. Nunca dijo basta. Exigente consigo mismo, profesional en sus obligaciones y respetado por sus compañeros de trabajo, con quienes tuvo siempre cercanía y amistad. A muchos de ellos, venidos de ambientes difíciles y pobres, les ayudó a descubrir y valorar sus talentos. A todos les recordaba que la carrera deportiva era corta y una oportunidad de crecer humanamente. “Hay que trabajar con orden, ahorrar dinero y vencer tentaciones del mal vivir en el licor, las drogas y el sexo. Hay que estar bien para poder jugar como se debe, la gente espera mucho de nosotros”.

En estos últimos años, después de su muerte, he visto entre sus familias un dolor que no se calma con el tiempo, pero es un dolor diferente, un dolor que dulcifica, porque en sus vidas Dios está presente, se cumple lo que santa Laura Montoya, la primera santa de Colombia, también nacida en Medellín, decía: “Cuando el dolor se pasa con Dios, dulcifica; pero cuando está ausente, amarga…se sufre en silencio con amargura”.

Ante la agresión final, Andrés pidió respeto y renunció a la violencia, libre de rencores. Su vida la orientó a tratar de hacer bien las cosas, no por aplausos. Hacerlas con sinceridad, no por vanidad. Realizarlas con responsabilidad, no por temor. Hacer todo por amor, no por obligación. Y precisamente en estos principios de vida Andrés Escobar nos dejó huella.