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Muchas compañías experimentan con inteligencia artificial, pero pocas logran integrarla realmente a su modelo operativo. Esto ocurre porque el impacto no se da por inercia ni por simple adopción tecnológica
En la reconfiguración de la inteligencia artificial, ya se ha dicho que pasó de ser una tendencia coyuntural a una ventaja competitiva en la economía digital donde el principal objetivo es que genere valor sostenible.
Las cifras lo demuestran. Según McKinsey, cerca de 55% de las organizaciones ya utiliza algún tipo de inteligencia artificial en al menos una función de negocio, pero solo una fracción logra escalarla de manera transversal en sus operaciones y, según Gartner, menos de 10% de los pilotos o POC de Agentic AI llegan a producción.
En otras palabras, muchas compañías experimentan con inteligencia artificial, pero pocas logran integrarla realmente a su modelo operativo.
Esto ocurre porque el impacto de la IA no se da por inercia ni por simple adopción tecnológica. Exige intención estratégica, disciplina organizacional y, sobre todo, la capacidad de abordar un desafío que con frecuencia se subestima: el gobierno efectivo del ecosistema y la habilitación de los agentes con acceso estructurado al know-how corporativo.
Al igual que una persona requiere un proceso de onboarding -que integra procesos, cultura, políticas y criterios de decisión- para actuar alineada con la organización, los sistemas de IA necesitan ser entrenados, contextualizados y guiados bajo esos mismos principios rectores. Solo así es posible asegurar que su lógica de operación no solo sea eficiente, sino coherente con los objetivos del negocio, generando valor tangible y sostenible en el tiempo.
En ese contexto, la inteligencia artificial realmente magnifica su valor cuando trasciende lo experimental y se integra de manera profunda al modelo operativo. Esto implica contar con métricas claras de creación de valor, una inversión sostenida en talento, marcos sólidos de gobierno y ética y -quizás lo más desafiante- una cultura organizacional dispuesta a cuestionar sus propios procesos, supuestos y certezas para evolucionar.
En la práctica, hay tres tensiones recurrentes que aparecen en las conversaciones con líderes empresariales.
La primera es pasar del piloto a la plataforma productiva.
Muchas organizaciones desarrollan casos de uso exitosos en entornos controlados, pero esos proyectos rara vez están diseñados para integrarse a procesos críticos o para sostener crecimiento a escala. Escalar inteligencia artificial exige algo más que buenos algoritmos: requiere arquitectura tecnológica robusta, modelos de conocimiento sólidos y estructuras claras de gobierno.
La segunda tensión es velocidad versus gobierno.
A medida que los sistemas avanzan hacia una mayor autonomía -particularmente con el surgimiento de agentic AI, agentes capaces de ejecutar tareas complejas-, también crece el nivel de riesgo. Sin marcos claros de gobernanza, calidad de datos, observabilidad y accountability, la agilidad puede transformarse rápidamente en fragilidad operativa.
La tercera tensión es tecnología versus modelo operativo.
La inteligencia artificial no fracasa por falta de capacidad técnica. Fracasa por falta de alineación estratégica y eso implica rediseñar cómo trabajan las organizaciones, cómo se toman decisiones y cómo se mide el desempeño.
Por eso hay algo que parece obvio, pero que en la práctica no siempre se asume con suficiente claridad: implementar inteligencia artificial es una decisión estructural que no transforma a las empresas por sí sola. Sino que cuestiona a los líderes y transforma a las organizaciones alrededor de su capacidad de rediseñarse alrededor de ella.
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