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martes, 27 de junio de 2017
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Rodrigo Ferro Ruiz

Lo que pasa con la innovación es lamentable. Como reza el refrán: “mucho ruido y pocas nueces”. En un reciente informe, Colombia sigue estancada en la mitad de la tabla del ranking internacional, el sector privado invierte apenas 1/3 del total de “innovación” (lo entrecomillo porque en ocasiones ni siquiera es innovación) y ni hablar de la inversión del Gobierno porque el despilfarro en proyectos que agregan muy poco valor es rampante, tanto, que mucho dinero sigue guardado porque no hay proyectos de calidad.

Aunque la innovación trae beneficios, no se entiende bien el concepto. Seguimos pensando que “botar corriente” es la salida y no hay ni rigurosidad en el proceso ni inversión permanente, salvo en compañías que se cuentan con los dedos de la mano.

En dicho informe se plantean cuatro herramientas para innovar. La primera habla de “promover el pensamiento diverso para que las empresas incorporen en sus equipos personas que piensen distinto”. Empezamos mal. Aquí los procesos de selección están llenos de paradigmas y lugares comunes que causan horror. Lo habitual es que las empresas busquen el mismo perfil de la persona que sale, pero en otro cuerpo. Quieren más de lo mismo: la mal llamada estabilidad. Y así no se innova.

La segunda sugiere “fomentar que la gente se conecte con el exterior e incluso con la competencia”. Salvo muy contadas excepciones, la innovación local se hace solo contra el mundo. Las redes de cooperación chocan contra la burocracia (si es con el Estado) o contra el recelo de los líderes de las empresas. He perdido la cuenta de cuántos proyectos mueren por falta de interés y/o tiempo, que podrían generar diferencia competitiva.

La tercera consiste en “incentivar las conversaciones al interior de la organización”, cuestión en la que hemos avanzado. Pero falta. Seguimos siendo testigos de reuniones en las que el jefe es quien tiene la última palabra. La gente se remite a asentir, a llevarle la corriente, a cuidar el puesto. No se valora a quien piensa diferente, a quien se atreve a hacerlo distinto. Salvo en algunos escenarios como talleres, ejercicios outdoor o convenciones, los espacios para equivocarse en la empresa promedio son escasos o nulos.

Por último, dice que el “apoyo de la alta gerencia es primordial para lograr procesos exitosos de innovación”. Apoyar no es avalar procesos. Tampoco participar en ellos incentivando un aparente trabajo de equipo. Se trata de comprometerse a fondo con lo que cuesta la innovación: plata. Con la actual asignación de recursos de innovación jamás vamos a producir valor agregado como nación. Nuestra estructura mental de ahorro nos ha llevado a “innovar ahorrando”, si es que eso existe. Queremos todo ‘baratico’ porque hay que cuidar la platica, pero así no se innova. El gerente promedio se contenta con par ideas pero no invierte en registro, patentes, investigación global, vigilancia tecnológica y otras variables importantes de innovación.

Han pasado un par de años desde que el concepto de innovación llegó a Colombia. Ya algunas personas conocen del tema y algunas empresas son juiciosas en aplicar lo aquí descrito. Lo que no tenemos, así se diga y se repita en algunos foros, es cultura de innovación. Solo averigüe el número de patentes local y compárelo con cualquier empresa coreana. La diferencia lo dejará con la boca abierta.

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