martes, 21 de enero de 2014
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Juan Camilo Cruz

El mundo de los tres ceros ya terminó, la economía colombiana está preparada para asumir un cambio en la denominación de su moneda. Ya no somos una economía en donde los problemas inflacionarios son la principal característica.

No obstante, una vez se plantea la idea, es necesario hablar sobre los costos potenciales de remover los ceros. Si bien, la modificación en la denominación no debería implicar efectos permanentes en la situación macroeconómica, puesto que se desarrollaría dentro de un marco de libre flotación, existen ciertos choques económicos de corto plazo que valen la pena mencionar. A continuación enumero los más importantes.

Estos serían: 1) un potencial efecto devaluacionista de corto plazo, 2) una desaceleración en los negocios a medida en que se toma confianza en la estabilidad de la nueva moneda y 3) los costos directos del proceso.

En primer lugar, el impacto sicológico jugaría un papel relevante a la hora de materializar el cambio. Aunque no existe una regla para estos eventos, el hecho de comenzar a hablar de una tasa de cambio de $2 en lugar de $2.000 podría tener un efecto alcista inicial (como suele ocurrir en el mercado de renta variable cuando una acción que vale mucho es dividida en muchas acciones de valor menor).

Este efecto se potencializaría por el hecho de que haya una menor confianza en el proceso. En términos inflacionarios, este cambio podría ocasionar choques transitorios al alza, dado el efecto redondeo, en donde los agentes en el proceso de reajuste llevarían a cabo aumentos en los precios.

En segundo lugar, las inversiones en el corto plazo podrían perder algo de dinamismo, dada la incertidumbre en el mercado al momento de confiar en el éxito del proceso de eliminación de los tres ceros. Esto mismo ocurriría con el gasto agregado (efecto que se diluiría en el largo plazo, una vez se finalice con la adaptación de la nueva moneda).

Finalmente, adicional a estos posibles choques económicos de corto plazo, la Nación incurriría en ciertos costos, tales como la impresión de nuevos billetes y costos en implementación de campañas educativas. Estos son los llamados “costos de menú” que se mencionan en la teoría económica. Igualmente, habrían costos en la modificación de ciertos sistemas, errores transaccionales y de cálculo financiero.

Sin embargo, analizando la otra cara de la moneda, los beneficios económicos de hecho si son permanentes (no transitorios) y contribuirían a un crecimiento económico sostenible de largo plazo.

Dentro de los factores positivos tenemos: 1) Disminución en los costos transaccionales, 2) facilidad en la elaboración y ejecución de presupuestos en las compañías y 3) facilidad de conversión para inversionistas extranjeros.

Como prueba de esto, la evidencia empírica muestra que este cambio origina progreso y crecimiento económico, al disminuir los costos de transacción e incentivar la inversión en la economía local. El caso de México en 1993 es un claro ejemplo de lo que se podría llegar a ser.

Si bien, el cambio en la moneda debe realizarse única y exclusivamente en economías con buenas cifras en términos de inflación y crecimiento. Creo que estamos en el momento indicado para hacerlo. Colombia, económicamente, es un país que ha desarrollado cambios estructurales en los últimos años, pasando de una inflación en niveles alarmantemente altos en la década de los 90 a una estable y sostenible en la actualidad.

En términos de crecimiento en la década pasada, gracias a los altos precios del petróleo se generó un auge minero energético, contribuyendo con un nivel óptimo de crecimiento real en la economía, generando un avance y fortalecimiento del mercado de capitales.

Lo anterior daría espacio para generar un avance en términos monetarios y contables, que sería el primer peldaño para cambios estructurales y así ser una economía mucho más competitiva, al nivel de economías como la chilena o la peruana, con el sello de calidad de no tener tres ceros en la moneda.