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Desde distintos roles y frentes, las mujeres siguen siendo fundamentales en el desarrollo empresarial y económico del país. Conozca cómo y qué sectores están impactando
Nadia Sánchez, presidente de She IS
Durante años nos dijeron que podíamos romper techos de cristal. Lo que no nos dijeron es cuánto dolería caminar entre los vidrios rotos
Presidente de She Is Foundation y directora de She Is Global Forum
Vivimos en la era de los discursos sobre equidad, empoderamiento y sororidad. Nos invitan a paneles para hablar del poder femenino, nos premian, creamos redes, celebramos nuestras historias en redes sociales y repetimos constantemente que las mujeres podemos llegar tan lejos como soñemos. Pero pocas veces se habla del costo emocional que implica sostener ese lugar cuando finalmente llegamos, y más retador, cuando has llegado y te equivocas, todos los discursos, redes o galardones pasan a ser un recuerdo invisible.
Durante años nos dijeron que podíamos romper techos de cristal. Lo que no nos dijeron es cuánto dolería caminar entre los vidrios rotos.
Detrás de muchas mujeres líderes existe una historia silenciosa de agotamiento, de renuncias personales, de ataques disfrazados de opinión y de cuestionamientos permanentes sobre nuestra capacidad, nuestro carácter e incluso nuestra humanidad. A muchas mujeres no las evalúan solo por sus resultados. También las evalúan por cómo hablan, cómo se ven, cuánto sonríen o qué tan incómodas resultan para los demás.
Y aun así, seguimos.
He recorrido durante más de diez años territorios donde miles de niñas crecieron creyendo que no tenían derecho a soñar. He visto adolescentes de la Amazonía, de La Guajira y de comunidades golpeadas por la violencia llegar por primera vez a un laboratorio, a una universidad o incluso a la NASA. Donde pude comprobar que el verdadero cambio ocurre cuando una mujer deja de sentirse invisible y empieza a liderar su propósito.
El mundo suele admirar a una mujer líder…de esas que transforman y abren caminos, hasta que esa mujer deja de encajar en la perfección que esperan de ella.
Entonces aparece la anulación silenciosa, la cancelación disfrazada de moral,
la pérdida de oportunidades, el juicio amplificado.
La sensación de que un error tiene más peso que toda una vida de trabajo, y del legado.
Y ahí muchas mujeres empiezan a apagarse emocionalmente. No porque hayan perdido su talento o su propósito, sino porque sienten que ya no tienen derecho a equivocarse, a reinventarse o simplemente a volver a empezar. Y ese, ese es el costo invisible de liderar muchas veces.
En una sociedad donde los errores femeninos suelen convertirse en sentencias públicas, mientras que a los hombres muchas veces se les concede el beneficio de la reconstrucción, nos hace triplicar esfuerzos para que precisamente esas mujeres del futuro lleguen a más posiciones de poder y de decisión sosteniendo a quien ha fallado y enseñándole el camino. A nosotras todavía nos exigen perfección para poder liderar, por eso el verdadero desafío será construir una nueva manera de transformar sin destruirnos en el intento.
Necesitamos dejar de romantizar la resiliencia femenina como si soportarlo todo fuera una obligación. Las mujeres no nacimos únicamente para sobrevivir, también nacimos para crear, innovar, descansar, sanar y liderar desde la dignidad.
Las nuevas generaciones necesitan referentes reales, no mujeres perfectas, necesitan mujeres humanas, vulnerables y valientes, mujeres que también hayan conocido el fracaso, el rechazo o la incertidumbre y que aun así hayan decidido seguir adelante.
Porque ahí también existe liderazgo. Construir puentes donde otros levantan barreras.
Sueño con mujeres presidentas, científicas, astronautas, empresarias y tomadoras de decisiones. Pero también sueño con una sociedad emocionalmente más justa con ellas, una sociedad que no convierta cada caída femenina en una forma de exterminio público.
El futuro necesita liderazgo femenino no solo por justicia, sino porque las mujeres transforman la manera en que entendemos el poder: no como dominación, sino como servicio, empatía, propósito y construcción de oportunidades para otros. Las mujeres del futuro ya no quieren pedir permiso para existir en las mesas importantes del mundo. Quieren construir nuevas mesas donde quepamos todas. Y si esas mesas no existen, tendrán el valor de crear sus propios escenarios.
Tal vez ese sea el cambio más revolucionario de nuestra generación: entender que liderar no significa dejar de sentir miedo, sino avanzar incluso con él. Y comprender, de una vez por todas, que una mujer no pierde su valor por equivocarse.
Porque incluso después de caer, una mujer puede seguir siendo extraordinaria y levantarse más fuerte para abrirle camino a esas mujeres del futuro, más coherentes y más generosas. Y quizás ahí, justamente ahí, empieza la versión más poderosa de ella.
Por eso creo que las mujeres del futuro necesitan algo más que inspiración. Necesitan humanidad.
El emprendimiento femenino cada vez es más fuerte, pero enfrenta ciertas barreras de financiamiento, informalidad y menor generación de ingresos